domingo, 6 de marzo de 2016

Oniria (13)

Sí, lo sé, este pobre blog morirá de inanición, pero lidio con muchas cosas ahora, y en el mes de febrero me resultó imposible actualizar... Pero espero que la crisis pase y poder venir a contar pronto en este espacio qué ha sido de mi vida, espero en verdad en un par de días poder llegar aquí y escribir "ahora todo está bien". Por lo pronto iré dejando los capítulos que estaban programados para febrero.


Parte 13

Fernanda se bajó del taxi con una mochila en el hombro, ya era de noche y la brisa corría cálida. Caminó desde la carretera hasta un pequeño quiosco donde dos mujeres morenas vendían toda clase de jugos. Pidió un jugo de naranja, como solía hacer siempre, unas pocas personas deambulaban la tranquila playa del lago San José, mientras la luna se reflejaba en el agua resplandeciente. Tomó su vaso de jugo entregando un par de monedas, se quitó los zapatos y caminó con los pies descalzos llena de sosiego, la noche era perfecta.
Se alejó de las personas, encontró su lugar perfecto tan pronto como la playa se hizo más rocosa y el bosque más denso y cercano, con largos y tupidos cedros alrededor. Sacó la toalla y la puso en la arena, dejó  los zapatos, el vaso a medio beber y se desvistió. Traía el traje de baño bajo la ropa, se estiró un poco, sintió el viento contra la piel, observó el pequeño risco y más cedros al otro lado del lago, a su derecha advirtió la gran playa donde se celebraban las fiestas del pueblo cada año, todo aquello le traía tan buenos recuerdos, memorias de cuando la vida era más simple. Sonrió satisfecha, esa sensación de nostalgia, de sentir un poco más cercanos y palpables aquellos días de antaño; eso era lo que buscaba. Alzó los brazos y corrió entusiasta al lago como lo hacía cuando era niña.
El agua fresca le acariciaba el cuerpo, se zambulló y nadó dejando que la corriente se llevara todos los líos, era relajante. Pronto su cuerpo se sintió tan cómodo que la piel sufría fuera del agua. Estaba tranquila, serena, se sintió un poco torpe al principio, el fondo del lago San José no era uniforme, pero su cuerpo se desenvolvió como el de un animal que fue sacado de su hábitat natural por un tiempo y luego retornó a él. Movía los brazos y las piernas con gracia y delicadeza y luego con fuerza y afán, nadar era parte de su naturaleza. Sintió lo que había deseado sentir hace mucho, supo que al menos algo no había cambiado, algo se sentía igual de bien que siempre.
Flotó un poco, sacó la cabeza y se percató de que se había alejado, miró a su alrededor y se distrajo con la belleza de aquel lugar, amaba nadar, pensó que si lograba una beca universitaria por hacer lo que tanto amaba, entonces debía ser la persona más afortunada del mundo. Estar en el lago de los cedros, estar en casa la hacía sentir la persona más afortunada del mundo. La sombra de los problemas hizo su mejor intento por caer sobre Fernanda, pero no lo logró.
Regresó a la orilla, su respiración era apacible, los escasos ruidos de la noche le permitían apreciarla mejor; el cielo resplandecía, el reflejo de la luna adornaba la quietud del lago, las personas se hacían cada vez más lejanas, los árboles se movían, todo era reconfortante. Los árboles se volvieron a mover frente a ella, no había brisa pero Fernanda se sintió atacada por el frío, tomó la toalla observando los imponentes cedros, ya estaban quietos, ningún ruido era de prestar atención. Se giró para observar el lago una vez más mientras se secaba y se cubría con la toalla.
Escuchó un ruido seco demasiado cercano, volteó con el corazón acelerado, no había nada, revisó el lugar con la mirada dando dos pasos indecisos; nada, excepto que su vaso de jugo no estaba. Un sorbido sonó detrás de ella, justo a la orilla del lago, Elías sostenía el recipiente olfateándolo con recelo, tomó un sorbo y alzó una ceja, Fernanda gritó dejando caer la toalla.
-¿Disfrutando? -murmuró, Fernanda corrió a cubrirse con su camiseta, tomó el jean, los zapatos y el bolso en su hombro y corrió hacia los árboles. Era torpe y tropezaba, pero él no la perseguía, le dolieron los pies y se detuvo un momento para respirar, sentía que vomitaría. Se tiró al suelo y tomó aire, una mano le sujetó el brazo y la puso en pie nuevamente  -¡Oh, no! ¡Déjame!—Gritó.
-A mí me gustaría poder degustar -Jugó con el vaso sin soltarla, Fernanda sollozó y se recostó contra el árbol –Pero es imposible ¿sabes por qué? -sonrió –Por tu culpa -sus ojos se nublaron de tinta negra, obscura y brillante como petróleo espeso que se derrama sobre el agua –Porque tu veneno me ha impedido disfrutar y tengo que aceptarlo, me has dado un mal rato. Espero que te hayas divertido, porque ya es hora de que lo soluciones -la apretó.
-Ya basta… -ella lloró, cerró los ojos, no quería ver aquello.
-¿Ya basta? Eso te exijo yo a ti –él tiró el vaso con ira y la tomó el mentón con brusquedad obligándole a abrir los ojos –Deja de jugar conmigo, ya sé lo que haces -Sus ojos volvieron a la normalidad, si es que había cabida para esa palabra en aquel instante –Aún estoy esperando que lo reviertas, ¡Bruja! Están contados tus días -apretó aún más, a Fernanda le ardía la vista, soltó el bolso y los zapatos, alzó la pierna con fuerza pegándole a Elías con la rodilla en la entrepierna. El joven retrocedió acongojado.
-¡Estás loco! ¿Me atacas y dices que yo me detenga?- Gritó ubicando la forma más corta de llegar a la playa -¡Fenómeno!  -Corrió.
-¡Tus días y los de tus amigos! -Gritó él, Fernanda se detuvo, jamás sintió tanto miedo e impotencia en su vida, volteó, Elías se enderezaba –Intenté alimentarme, tu amiga Corina fue muy complaciente, pero lamentablemente tu veneno volvió a actuar y fue todo muy desagradable. Así que lo decidí, tus días y los de tus amigos están contados -la observó con odio, aquella mirada le sacudió las entrañas.
-¡Déjala en paz!-
-Parece que no sabes  lo que alguien como yo es capaz de hacer, parece que no has entendido  -el horrible hombre sonrió en la obscuridad –Pero no tengo tiempo para explicarte, ya sé lo que eres y tengo claro lo que voy a hacer contigo -Elías cerró los ojos y al abrirlos, eran negros otra vez, allí estaba el demonio y una niebla negra lo rodeaba –Así que arréglalo ¡Bruja! -Su cuerpo se elevó y la nube negra lo rodeó hasta que ya no se podía ver, acto seguido, la neblina se dispersó con la ligereza de un fantasma en la obscuridad.
Fernanda recogió la mochila y sus cosas, se limpió las lágrimas en los ojos, sentía que le había sido arrebatado su último lugar de paz entre tantos enredos. Sentía que le habían profanado de algún modo un santuario sagrado. Era claro que él la había seguido hasta allí y trataba de hacerla perder el juicio. Algo debía hacer, pensaba caminando a paso lento de regreso a la entrada principal del lago, el quiosco de jugos aún seguía abierto. -Bruja… Bruja -retumbaba aquella palabra en su cabeza, si algo fuera de lo común había dentro de ella, algo parecido había en ese joven de ojos infernales. Solo tenía claro una cosa; no había tiempo que perder. Le haría caso una vez más a su madre y buscaría ayuda con la experta en problemas peculiares. Si la tía Aldana había entendido su asunto con los sueños, entendería también este; un ente sobrenatural que se hacía pasar por una persona normal, de cuya existencia, de seguro, sus amigos no estaban enterados, una criatura cuya naturaleza rebasaba su corto entendimiento; un monstruo.

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