sábado, 3 de octubre de 2015

Give me what I want.


"Please tell me I'm your one and only
Or lie and say at least tonight
I've got a brand new cure for lonely
And if you give me what I want
Then I'll give you what you like"


El bullicio que dominaba el apartamento de mi mejor amigo aquella fría noche de sábado me condujo hasta la habitación más lejana y pequeña. Un vaso de ron, una caja casi vacía de cigarros y una sensación de vacío inquieto en el pecho  me acompañaron al entrar, tan cálida, dulce y obscura, tan perfecta. Cerré la puerta y me deslicé silencioso hasta el otro lado buscando la puerta del balcón. Las luces nocturnas y la brisa helada que advertían la madrugada me golpearon la piel como intento de arrullo brusco.
-Lo único que pedí;  que no me molestaran en mi habitación. Maldita sea-  El susurro fue suave pero el reproche fue tosco, así era todo con ella, contradictorio y bellamente amargo. Ella emergía de una pila de sábanas y un grueso edredón, que me habían hecho imposible notar su diminuta presencia al entrar. Con sus risos largos, su piel pálida y una pequeña pijama blanca, tan fina y corta que explicaba por qué se cubría, como queriendo refugiarse de la temperatura bajo una montaña en su propia cama -Ah, eres tú. Estoy tratando de descansar, lárgate -Me ordenó, como siempre hacía.
-Lo siento, no sabía que estabas aquí. Cálmate, solo necesito el balcón por cinco minutos- Me disculpé sin mirarla directamente, cómo quería hacerlo, mirarla toda la noche.
-Sí, por supuesto. Sé que estás aquí a propósito, viniste a joderme- Era cierto, no sabía que ella estaba allí, pero era obvio que en el fondo había llegado a esa habitación en busca de algo más que privacidad. Yo no buscaba molestarla, aunque lo disfrutaba, hacerla enojar era mi juego favorito hacía años. Era tan fácil, era tan hermoso, pero en ese momento solo deseaba que el humo me llenara el pecho y el alcohol la garganta, sin más.
Entrecerré la puerta del balcón y me recosté en la baranda sacando el encendedor del bolsillo, prendí  el cigarro y la primera calada eliminó la fastidiosa ansiedad.
-¿Perdón? ¿Qué crees que estás haciendo?- Gritó desde su cama –Lárgate de mi cuarto, Fabián, llévate esa condenada cosa apestosa de aquí, sabes cuánto lo odio-
-Estoy acá afuera, por Dios…- Exclamé desde el balcón señalando la puerta, la abrí y entré de nuevo dejando el cigarro humeando afuera con la mano estirada -¿Por qué siempre eres tan amargada? El humo no llega hasta ti, no te estoy molestando- Le sonreí con descaro, pero con poco ánimo, sabía cómo mis bromas la hacían enloquecer.
-Tú presencia me molesta- Contestó, estaba sentada en mitad de la cama como un pajarillo en mitad de su nido, cómo me dolía su fastidio y cómo me lo tenía merecido.
-¿Sabes cuándo dejarás de ser tan amargada?- Pregunté y di un paso afuera para tomar otra calada y dejarla salir despacio, ella gruñó de rabia, sabía lo que le iba a decir –Tus males y tus berrinches acabarán cuando finalmente pierdas la virginidad-
-¡Imbécil! ¡Lárgate de mi cuarto!- Me gritó lanzándome una almohada, esa era mi favorita, no importa cuándo o cómo, siempre la hacía gritarme o fusilarme con sus ojos verdes, me taladraban el cuerpo y me hacía arder. A ella le fastidiaba mi presencia, y a mí la suya me quemaba por dentro.
-Ahora, Angie ¿De verdad no lo has considerado? Yo podría ayudarte a solucionar tu problema, todo sea por ayudar a la hermanita de mi mejor amigo- Le dije y ella volvió a gruñir algún insulto inentendible y se cubrió totalmente bajo las sábanas. Se rindió, como siempre hacía, se enojaba con mis bromas y luego se iba, eso hacía más fácil mi rutina, desearla era tan adorable e idílico como prohibido, intocable, era platónico. Lo fue siempre. Abrí la puerta y salí al balcón a disfrutar del silencio una vez más, el cigarro casi acababa, el vaso estaba vacío y ella estaba quieta bajo las sabanas, lo más cerca que habíamos estado nunca.
-Oye…- Se asomó nuevamente, pero esta vez se deshizo de sus cobertores y deslizó las piernas fuera de la cama quedando sentada en la orilla–Me hartas ¿Sabes? ¿Qué te hace siempre pensar que soy virgen?-  Lanzó y me dejó frío, pero no era de mostrar mis emociones, solo fruncí un poco el ceño, ella solo debía estar tratando de ofuscarme y hacerme salir de su habitación.
-Lo eres, se te nota en la cara y en lo fastidiosa- Le sonreí, pero no se pistó si quiera, se puso en pie y la diminuta bata de dormir, el cabello suelto y los ojos; le brillaban todos al tiempo, como si emergieran de la obscuridad e hicieran la habitación encogerse. Me acomodé recostado a la puerta de vidrio del balcón, justo en la mitad de la entrada e incorporé el cigarro soltando un poco de humo sin discriminar que inundara el lugar, todo para que volviera a la seguridad de sus cobijas.
-Pues no lo soy, es una lástima, sé las ganas que tenías de ser mi primea vez- dijo sonriendo, solté una carcajada y rogué que se volviera a cubrir completamente, tal vez  era más seguro bajo las sábanas para ambos.
-Eres una niñita muy dulce, mejor duérmete otra vez –El cigarro se consumía acelerado y pronto tuve que volver a prender otro, con posición de frescura, tranquilidad y el rostro inerte. Ella se levantó, se acercó con lentitud vacilante y los pies descalzos, retrocedí un poco con expresión solemne pero ella ya estaba pegada a mí.
-¿Por qué? Tanto que me molestas y estaba pensando… -runruneó escurriendo el dedo índice por mi pecho con el rostro a escasos centímetros del mío –Creo que tengo otras primeras veces que podría obsequiarte-

-Por Dios…-Solté y suspiré plácido, intrigado, interesado. Alcé una ceja y la miré de pies a cabeza, sin pudor o disimulo alguno, me tenía recostado a la puerta de vidrio del balcón, entre la espada y la pared con los brazos extendidos a punto de dejar caer el vaso y el cigarro, me había permitido quedar acorralado por cuenta de esta pequeña cuya insolencia había, ciertamente subestimado –Deja de estar jugando con fuego -la miré a los ojos, podía ver brillo de estrellas en ellos, no se escondían apenados como cada vez que bromeaba con ella frente a su hermano y mis demás amigos, no se ruborizaba, no se escabullía, me sostenía la mirada como si hubiese borrado todas sus emociones.
Angie me tomó el brazo derecho, arrastró los dedos sobre la camiseta, me acarició el antebrazo y sostuvo mi muñeca con poca fuerza, observó el cigarro que tenía entre los dedos y así, sin tocarlo, solo sosteniéndome la mano, se lo llevó a la boca. Absorbió con timidez, el contacto de su piel ardía y me hacía sentir que el brazo se me consumiría también hasta quedar en cenizas. Ella soltó un poco de humo y tosió con torpeza, su rostro se descompuso en una mueca y se aclaró la garganta, aquello era un espectáculo de esos que dejan sin aliento.
-¿Qué es lo que crees que estás haciendo?- Pregunté con la garganta reseca, debía haber llevado más ron.
-Ya está, fuiste mi primera vez -su voz aún era débil –Yo nunca había fumado y no entiendo el atractivo- precisó.
-Pero así piensan siempre los que apenas acaban de dejar de ser vírgenes- Ambos reímos, parecía que ya era inmune a mis tiros, parecía que lo disfrutaba, no dejaba de mirarme, no había dejado de tocar mi brazo y mi pecho tampoco  -¿Qué es lo que te pasa ahora? ¿Qué quieres? – le dije y ella se mordisqueó el labio, estaba matándome. Miré a la puerta, mis amigos estaban afuera, y el interruptor de la luz y la salida se veían tan lejanos, el chiste se había acabado, lo mejor que podía hace era salir de allí –Me voy, tú tienes que dormir… ¿Dónde enciendo la luz?- tartamudeé amedrentado, ya era más que evidente mi  nerviosismo.
-No vas a prender la luz –Dijo severa, ya estaba sobre mí –Eres hablador y chistoso cuando estás frente a mi hermano y tus otros amigos, pero estando sólo, te acobardas, así es como se reconoce a un gallina-
-¿Cómo me dijiste?- la sujeté con fuerza, todo lo que deseaba era desgarrar cada tela que llevaba sobre el cuerpo, entonces la vi sonreír, solo me estaba provocando  –Adiós, Angie-

-No, no… Yo te di mi primera vez, ahora tú vas a darme lo que yo quiera- Me besó, se pegó a mí, llenando mi boca, mi pecho, mi garganta y mi cuerpo entero como el humo y el alcohol jamás lo habían podido hacer. Fui incapaz de detenerla, fui incapaz de abstenerme de saborear. Tan dulce que la miel parecía insípida, tan llameante que al despegarme de ella; jamás sentí  tanto frío. Caminé hasta la puerta… -¿Te irás?- preguntó, y yo aseguré la puerta para responderle, no tenía intenciones de irme o de prender la luz, ella caminó hasta mí mientras un tirante de la pijama se le caía sobre el hombro, los cigarros iban a tener que esperar hasta la mañana.

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