domingo, 13 de septiembre de 2015

El espíritu del río.

En estos días todo ha estado bastante revuelto, hasta llegué a considerar abandonar ciertas cosas. Pero creo que todo empieza a organizarse y el blog no es uno de esos peones que toca sacrificar para ganar, al contrario, pronto continuaré con Oniria. Es que tengo que respirar y crear otras cosas, esto no se puede reducir a la producción de una sola historia.


Era la época de lluvias, cuando la brisa nocturna soplaba con furia, el río lucía extenso e imponente y su corriente avanzaba con violencia. Hernando yacía recostado sobre la arena fresca, lanzando pequeñas rocas al agua mientras observaba su vieja lancha menearse con el viento desde la orilla. Aquella desgastada embarcación era, desde hacía incontables años, su compañera de pesca y la responsable del sustento de su pequeña familia. La nostalgia le invadió al pensar que estaba a punto de perderla a manos de don Anselmo, un cruel y avaro hombre al que debía dinero hacía ya algún tiempo.
Con las lluvias torrenciales, el viento era fuerte y la corriente implacable, los pescadores navegaban río a dentro con la esperanza de recoger algo y muchos no volvían. Las viejas rivereñas aseguraban que era la época de “aguas bravas” y que el espíritu del río despertaba en busca de almas que llevarse. Con todo eso, la pesca se hacía imposible, el hambre acechaba y la vida era difícil. Don Anselmo, experto en aprovecharse de la necesidad de los pobres pescadores, no dudó en acaparar la oportunidad y dar un ultimátum; si Hernando no le pagaba todo su dinero para el fin de semana, tomaría su única pertenencia de valor como pago, se llevaría la vieja lancha y él y su familia quedarían sin sustento alguno.
Hernando suspiraba entre lamentos, lanzando rocas impulsadas de impotencia a la furiosa corriente, como si se tratara de una bestia que pudiera domar a piedrazos. Una bestia que se hacía más ruidosa a medida que la noche avanzaba. Entre más sonaba el potente chocar del contra las piedras, el desdichado lanzaba sus misiles con mayor energía.
– ¡Para! –sonó al fondo, más que una voz, parecía un eco perdido. Él buscó con la mirada, pero no vio nada – ¡Basta ya, hombre iracundo! –Una extraña figura femenina salió de entre los arbustos; era morena, de largo cabello café, vestía trapos sucios y pies descalzos.
– ¿Tú quién eres? –gritó Hernando.
–El río –respondió la mujer, el desconcertado joven no estaba seguro si había escuchado bien –Tú estás enojado con el río, le lanzas piedras a –agregó la mujer mientras se acercaba –Es casi media noche ¿No te da miedo?
– ¿Miedo? –Hernando se espantó de pensar que era tan tarde –Yo no le temo al río, yo soy pescador.
– ¿Pescador? El río odia los pescadores, ellos matan sus peces con ambición, ensucian sus orillas y le escupen. Son desagradecidos.
–Al río no le debo más que hambre, miseria e inocentes ahogados –Respondió el hombre indignado. La mujer se le acercó más despacio, la luna le obsequiaba un exótico brillo en los ojos profundos, no tenía expresión descriptible y su boca se movía con suavidad, pero su voz golpeaba con solidez.
– ¿Retas al río? Porque si vienes acá a media noche e invocas su espíritu, él te escuchará, pero deberás pagar el precio.
– ¿Eso? –Dijo él soltando una risa desganada –Puros cuentos de viejas y desocupados.
–Dime ¿Qué es lo que más quieres, pescador iracundo?
–Quisiera… –Pensó –Quisiera que este inútil río fuera más generoso y dejara de ahogar pobres y hambrientos, en vez de eso, que se lleve mis deudas –agregó sonriendo e imaginando lo conveniente que sería que a don Anselmo se le diera por salir a pescar y que una de esas corrientes letales le enseñara lo que requería atreverse a navegar esos días, todo por conseguir un poco de dinero.
– ¿Deuda? Está bien, pescador. El río ahoga todo lo que te sofoca, arrasa con todo lo que te aflige y su corriente se lleva tus cargas, pero a cambio, tú ya no podrás vivir sin él. Deberás ser su sirviente siempre, si no lo haces, serás un pez más a la deriva de sus aguas – recitó la mujer y luego se alejó hacia los arbustos, Hernando fue tras ella preguntándole quién era –El río –respondió desde la oscuridad –Ya te lo dije, soy el río. Soy el espíritu del río.
Hernando regresó desorientado a casa, a penas a tiempo para refugiarse de la feroz tempestad que azotó la región aquella madrugada. Temprano por la mañana, mientras salía a tomar aire, dos vecinos llegaron a contarle que acababan de encontrar al pobre don Anselmo muerto bajo los escombros de su casa. De algún extraño modo, el terrible huracán no había afectado ninguna de las casuchas de los pescadores, pero había conseguido levantar el techo y derribar los muros de la casa del avaro viejo, haciéndolos caer sobre él mientras dormía. Como aquel desagradable sujeto no había dejado familiar alguno, los pescadores hacían rodar la noticia de su muerte seguros de que significaba el fin de sus sufridas deudas, la de Hernando no era la excepción.
El joven pescador abrazó a su mujer y ambos miraron al río con aires de alivio en los rostros, un respiro de desahogo que se interrumpió cuando una punzada atacó el cuello del hombre Empezó como una molestia y terminó como un dolor agudo que lo hizo desplomarse en el suelo, desesperado se tocaba con los dedos sintiendo como la piel se abría en dos rajas profundas a cada lado. El ardor no le dejaba respirar, su mujer gritaba al verlo retorcerse como pez recién sacado del agua. Corrió al río impulsado por un instinto salvaje, una vez dentro del agua las prolongaciones del cuello se expandieron dándole alivio a sus pulmones, respiraron hasta cerrarse como pequeñas cicatrices bajo las orejas y finalmente pudo salir.

Su vida en el río fue buena, Hernando siempre procuró no pelearse con él, nunca pudo alejarse mucho de sus aguas, cuando lo hacía la piel se volvía seca y escamosa, los dedos se pegaban entre ellos y se estiraban como deformes aletas, las cicatrices del cuello se abrían con ardor como branquias; porque eso es lo que eran y solo el río podía calmar su enfermedad. El pescador pasó el resto de sus días condenado a estar cerca él, cuando se alejaba, se convertía en un pez esclavo del agua, porque su deuda no había muerto, su deuda ahora era con el espíritu del río.

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