domingo, 12 de julio de 2015

Oniria (11)

Parte 11

Elías cruzó la puerta de madera, el olor a hierbas y antigüedad atiborró su olfato, se sacudió la nariz y guardó en el bolsillo el papel con la dirección de la tienda que le había facilitado el hombre encargado del hotel donde se hospedaba. El lugar era justo lo que el hombre había descrito, un almacén de artesanías, antigüedades y con una gran variedad de libros, libros únicos en su tipo según el recomendante. Esa tienda debía tener gran fama en el lugar, o tal vez solo era cosa de que en esos pueblos pequeños como San José, todos se conocen entre todos. Lo único que deseaba era encontrar lo que buscaba allí.
-Buen día, joven ¿En qué puedo servirle?- una mujer mayor de aspecto amable y algo pintoresco le habló desde el aparador.
-Escuché que aquí podía encontrar libros antiguos, de cultura universal- dijo inseguro, aún buscaba la forma de proponer.
-Ha escuchado bien ¿busca algo en particular?- la mujer sonrió, Elías observaba el lugar, pero no la miraba a ella directamente.
-Sí, me interesa el folklore oriental, busco leyendas y esas cosas- carraspeó la garganta. La mujer caminó pasándolo hasta llegar al último de los tres grandes estantes, era el más grande de todos.
-Es esta parte de aquí- señaló desde el segundo puesto hasta la cima, era una cantidad considerable de libros, grandes y pequeños, algunos de un grosor intimidante –También tengo varios pergaminos, vienen en royos pero están en el almacén, hay que protegerlos de la luz, contienen historias muy interesantes, algunos incluso vienen ilustrados- Elías se sintió aturdido, no quitaba los ojos de encima al gran estante.
-Sí…- se rascó la cabeza- Tal vez sí busque algo en específico, es una creatura de la mitología japonesa- él buscó con la vista de manera rápida, a la izquierda los libros tenían algunos escritos árabes, a la derecha se acercaba un poco más a lo que buscaba.
-¿Cuál?- La mujer sonaba curiosa.
-Es un demonio japonés que se come las pesadillas- Soltó y observó a la mujer, su cabello era exageradamente largo y descuidado, utilizaba collares con figuras de animales, símbolos y piedras extrañas, usaba sandalias y falda larga hasta los tobillos, ese lugar era peculiar, debía estar acostumbrado a clientes en busca de cosas extrañas -Es para una investigación, escribo un artículo- Aclaró, ella tenía algo que no sabía cómo describir.
-Baku- musitó la mujer, aquella palabra lo sobresaltó, había encontrado lo que buscaba, al menos dónde buscar, pero en contrario al alivio, se sentía inquieto. Cómo aborrecía aquella palabra.
-Eso creo- contestó, ella tomó una pequeña escalera de madera y subió con una agilidad que contrariaba su edad y contextura, tomó tres libros, dos pequeños y uno gordo.
-Un yokai- dijo ella limpiando un poco los libros –En el caso del Baku, es algo más parecido a un espíritu, pero lo aseguro que no es un demonio- Elías tragó saliva, su mirada, le producía nervios o tal vez estaba ansioso –Es un yokai, para que se guíe mejor en su investigación- añadió la mujer.
-Oh, claro, gracias- dijo, debía disimular. Caminaron hacia el mostrador con lentitud, el ambiente era pesado.
-Cómo no los quiere para colección, supongo que le serviría más prestarlos que comprarlos- Dijo ella sacando sus gafas –Estos son los precios, se cobran por días, usted me deja su tarjeta y después los regresa, yo cobro el cargo. Tiene prohibido cualquier tipo de reproducción o copiado, por supuesto- ella puso los libros en una caja, los revisó, sacó un papel y escribió tres cifras. Elías miró de reojo lo que la mujer escribía.
-Vaya, eso es costoso-
-Usted tiene suerte, mi colección de cultura oriental es basta y yo tengo una fascinación especial por todo lo que tiene que ver con lo sueños- le sonrió deslizando el papel sobre el mostrador –Le aseguro que lo que hay en estos libros es único, no lo encontrará en internet o en otras bibliotecas- Elías tomó el papel y rozó los dedos con los de ella, un estruendo se sintió en su interior, la punzada había vuelto a su estómago, con levedad, pero había vuelto, entonces recordó aquella sensación de ansiedad, afán y hambre.
Hacía ya algunos días o quizá semanas, que había llegado a San José de los Cedros, su primo estaba especialmente encantado de tenerlo de visita, parqueó el auto frente al Winter café, el lugar en donde el chico trabajaba, le dijo que sus amigas estaban allí, una de ellas estaba de turno, aseguró que estarían encantadas de conocerle.
-Adelante- lo introdujo René, el lugar estaba vacío, ya era tarde en la noche, estaba a punto de cerrar –Chicas, este es mi primo Elías, acabó de llegar de la capital, papá lo está ayudando con unas cosas de carpintería en su nueva casa y va aquedarse un corto tiempo en el pueblo-
-Hola- Sonrió Elías, las dos que jóvenes estaban en el mostrador voltearon, una pequeña y pálida rubia, de rostro redondo y agraciado con un vestido color pastel, era hermosa. La otra joven, alta, de cabello castaño, tenía jeans rotos, botillas negras y una camiseta con el logo del establecimiento, recogía su bolso y guardaba una última pila de platos. Ambas se pusieron en pie y se acercaron. Un estrepito se sintió en su interior, algo temblaba en la boca del estómago y luego en el pecho, se sintió débil, mareado, hambriento.
-Ella es Corina- la rubia le dio la mano y le sonrió con amabilidad y belleza, Elías se sintió ansioso, nervioso, el ambiente lo sentía denso, una vibra que lo inquietaba, pero no sabía de dónde o de qué provenía –Y ella es Fernanda- La tomó de la mano y el estruendo retumbó en su cabeza, era ella, tenía algo, algo grande e intenso en su interior y él lo deseaba con sed desesperada. Ella le sonrió y él la observó inexpresivo mientras sostenía su mano por un momento demasiado prolongado. Su primo se aclaró la garganta y el soltó a la joven algo abochornado, por poco no logra controlarse. Por esos días caminó el lugar y la siguió hasta dar con su casa, estaba indeciso, no deseaba meterse en la cabeza de las amigas de su primo, René había sido tan amable. Una noche no pudo aguantarlo más, ni siquiera se había podido alimentar pensando en ella, deseándola. Se paró frente a su casa, se expandió volando a través de su ventana, su cuarto tenía una atmosfera tan condensada que casi no pudo entrar, ella expedía una vibra más concentrada e intensa que nunca, se removía en la cama, el olor que la rodeaba era peculiar, llamativo, estaba teniendo un sueño intenso, pero no podía descifrar cómo era, lo cual era extraño, él siempre podía. En el instante en que estuvo listo para lanzarse sobre ella, Fernanda abrió los ojos, había despertado. Elías estuvo quieto observando por un segundo, la joven lo vio y no pudo más que lanzarse sobre ella. Se sintió nervioso y azorado, ni siquiera pudo dormirla, así que solo se pegó a su boca y absorbió. Lo que esa joven le dejó embeber esa noche era algo tan pútrido y fuerte que le había apuñalado el estómago, lo había quemado por dentro y lo había enfermado, sintió entonces un dolor que no deseaba recordar. Lo había envenenado.
Dejó la indeseable retrospectiva a un lado, tomó el papel y lo guardó en un bolsillo de la chaqueta, sacó una tarjeta cuanto antes y la dejó, la mujer lo hizo firmar por último en su libro de cuentas –Así que una fascinación por los sueños- rompió el silencio, no dejaba de mirarla, de analizar qué era lo que hacía a esta mujer tan similar a Fernanda -¿Qué eres?¿Una bruja?- él frunció el ceño, lo había dicho solo por decirlo, la mujer retrocedió un poco, no estaba enojada, más bien parecía divertida.
-No serías el primero que me llama de esa manera- Elías tomó la caja con los libros y se alejó de aquel lugar cuanto antes, apretó el puño, se encontró colérico y descontrolado ¿Cómo es que no lo había visto antes? Malditas brujas.

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