domingo, 24 de mayo de 2015

Oniria (9)

Parte 9

Corina llegó a la mesa, le quitó el vaso de la mano y tomó el whisky con lentitud, Elías nunca disfrutó tanto en toda la noche como en ese momento -¿Bailas?- le tomó del brazo.
-No soy muy buen bailarín- la jaló del brazo y la hizo sentar a su lado –Tú en cambio…- dijo quitándole el vaso  de vidrio de la mano.
-¡Ay, vamos!- insistió ella, casi hacía un berrinche.
-No te haría justicia- Ella soltó una aguda risita y se cubrió la boca, miró al fondo, la risa se desvaneció de su rostro.
-¿Qué es lo que está haciendo?- preguntó Corina enderezándose, Elías buscó con el rostro a qué se refería, René se levantaba con dos de las chicas de la otra mesa a bailar.
-Se está divirtiendo, lleva allá un rato- contestó.
-Sí…- Corina frunció el ceño, sus facciones parecían ensombrecidas ¿decepción? ¿Irritación? ¿Rabia? Él no podía entenderla, la estudió por unos instantes -¿Quieres llevarme a casa?- agregó, el cambio de humor fue demasiado súbito.
-¿Sucede algo?-
-No, es solo que él está allá y…-parpadeó un momento –Y mi mejor amiga no se dignó aparecer, parece esto todo menos una celebración-
-Entiendo- dijo Elías –Te llevaré- Se puso en pie, hizo señas a René, ella lo detuvo fulminante.
-Déjalo- ordenó –No hay que molestarlo, tú lo has dicho, se está divirtiendo-
-Creí que el problema era que no estabas con tus amigos- la chica se levantó, se tambaleó un poco, él la ayudó a reponerse, la tomó del brazo y la condujo a la salida, lucía esa sonrisa coqueta nuevamente.
-Sí, eso no significa que no disfrute tu compañía, no me malinterpretes- Él rió despacio ante aquella declaración. La guió fuera del lugar y luego al auto. Condujo sin prisa, ella se relajó en el asiento, la brisa nocturna le daba en la frente, suspiraba entrecerrando los ojos, era una preciosidad. Elías se saboreó, aquello era todo un cuadro espectacular.
El vehículo se detuvo, ella parpadeó, se volteó hacia él y curvó los labios -¿Sabes? Si mis padres no estuvieran, te invitaría a pasar-
-Si tus padres no estuvieran, yo pasaría encantado- le devolvió la sonrisa, ella se acercó con lentitud –Aunque podríamos hacer algo- agregó murmurando, el aliento de whisky y el perfume de Corina le cubrieron.
-¿Qué?- Su voz era tan suave.
-¿Cuál es la ventana de tu habitación?-Preguntó, ella soltó una carcajada al escuchar aquello y señaló con el índice la ventana del lado derecho en el segundo piso
-Esa ¿Por qué?-
-Esta noche debes dejar tu ventana abierta, si lo haces, te visitaré en un rato- dijo con solemnidad, le tomó uno de los risos dorados, la miró y plantó un beso despacio en sus delgados labios.
Las luces de la casa se encendieron y la madre de Corina apareció en la terraza, ella pegó un brinco y corrió fuera del auto con prontitud, Elías quedó allí saboreando el carmín de su boca por unos minutos. Encendió el vehículo y se alejó.

El joven miró a su alrededor, la calle estaba completamente sola, estacionó el carro a una distancia razonable de la casa del frondoso jardín y rejas metálicas. Bajó del auto, el estruendo en su interior se hizo más potente, estaba ansioso. Saboreó el dulce en sus labios una vez más, cerró los ojos inhaló y exhaló liberándolo, abrió los ojos, la obscuridad los había cubierto, eran negros y brillantes cual petróleo crudo y fresco, miró a su alrededor, todo era más claro, se sentía ágil, escuchaba los ruidos lejanos con la claridad de un animal nocturno.
Levantó los brazos con lentitud, se expandió o así era como le llamaba, realmente sentía que se expandía, tanto que su cuerpo se hacía más ligero, la brisa de la noche comenzaba a sentirse más intensa contra su piel, pronto fue tan suave como pluma. Sus pies y sus manos empezaron a deshacerse volviéndose niebla, una nebulosa negra y turbia como sus ojos, todo su cuerpo se elevó y la nube obscura de ojos negros y brillantes se abrió paso en el silencioso cielo de la madrugada.
Sobrevoló la calle, la casa blanca al final de la calle fue simple de hallar, lo ensayó ansioso por más de una hora en el auto.
Un perro aulló en la casa de al lado, la nube se escabulló sobre el gran árbol de roble junto a la única ventana que estaba abierta en toda la casa, sonrió para sí mismo, encontraba aquel gesto bastante adorable.
Se filtró a través del marco blanco, una vez dentro se impulsó hacia la esquina más obscura, escuchó con atención, no percibía nada; ni un televisor encendido, ni un paso, ni un leve ruido en toda la casa, puso su atención en la joven acostada bajo el edredón blanco, su respiración era suave y pausada. Elías se densificó, sus extremidades se contraían poco a poco, la nube se acumulaba toda mientras bajaba al suelo, su cuerpo se materializó, estaba de pie frente a ella, parpadeó, la obscuridad se disipó y sus ojos recuperaron su forma usual.
Caminó hasta su derecha con gran sigilo –Corina…- Susurró. Se saboreó, una joven inteligente, los creativos siempre tienen un interior turbio y rico, pero ella estaba feliz, no solo porque se dibujaba en su diminuto y redondo rostro, sino porque estaba a punto de cumplir sus sueños, estaba feliz, ansiosa, nerviosa quizá, era una mezcla de emociones que siempre golpeaba con consistencia a las personas cuando cerraban los ojos. Ella no solo no sería la excepción, ella, la joven genio, con mayor razón debía estar en ese estado.
Deslizó el edredón, ella yacía plácida en una corta pijama color rosa, subió la mano por uno de los muslos – ¿Qué sueñas?- murmuró, ella se removió un poco. Sueños, eso era lo que deseaba, le llamaban “somnífago”, absorbía lo que otros soñaban, se alimentaba de lo que las personas producían cuando cerraban los ojos, se alimentaba del inconsciente. Tomó su cabeza con ambas manos, ella pestañeó, sus ojos se abrieron con dificultad.
-¿Elías?- El bisbiseo fue casi inaudible -¿Viniste?- Elías cerró los ojos y lo soltó de nuevo con toda libertad, sus ojos no eran ojos, eran dos esferas de obscuridad, se pegó a su boca sin darle oportunidad de sorprenderse. Absorbió, con fuerza, con sed, como un animal hambriento, tal vez eso era en el fondo. El vapor que emitía ella, era dulce y cálido, tan denso que casi se sentía líquido en su garganta, sentía como la vida volvía a su cuerpo y a su espíritu. Alegría, ansia, miedo, ambición, deseo, excitación,  todas las emociones de la joven Corina entraban en su sistema como una inyección de adrenalina. Se detuvo, se saboreó, ella se retorcía en sus manos en un débil intento por respirar. Suspiró profundo y cayó sobre ella extasiado –Eres mucho más de lo que aparentas- sonrió, ella jadeaba mientras recuperaba el aliento –Eres mucho más… Salvaje- Ella lo miraba atónita, sus ojos eran normales de nuevo, le acarició los dorados risos. Le tomó la cabeza con fuerza una vez más, apretó los ojos, la obscuridad apareció, inocua y reluciente –Duerme, esto nunca sucedió, linda- la joven se desvaneció en sus brazos, la dejó dormida en su posición inicial en seguida. Caminó hasta la ventana, respiró hondo, su pecho se infló, cerró los ojos, no había dolor ni debilidad, era todo lo contrario.

La recordó a ella, lo que sea que le habían hecho la última vez que se había alimentado, ya había pasado, el efecto se había acabado. Pero ella seguía allí, miró a su derecha, en  el espejo donde Corina probablemente se peinaba cada mañana se dibujaba un hombre con los ojos de un demonio, un demonio que le era más que familiar, tal vez debía saber un poco más sobre aquello tan horrible que le había sucedido, saber qué era lo que Fernanda le había hecho. Sí, eso no quedaría así. Inhaló una vez más embriagándose con el aire nocturno, se expandió, la niebla apareció esta vez con mayor rapidez y de inmediato el somnífago desapareció por la ventana.

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