domingo, 8 de marzo de 2015

Oniria (5)

Me temo que después de la entrada que sigue a esta, me tomaré un receso de Oniria por un par de semanas. Nada del otro mundo, solo en pro de hacer mejor mi trabajo con esta historia. Mientras, estoy en trabajo de "revisión", ir actualizando con tal programación me ha servido para dejar la historia por un tiempo y ahora que la retomo, los errores y detalles de redacción se hacen más claros ¿No les pasa?. En todo caso andaré con comodidad y calma haciendo las modificaciones en las entradas, sobretodo las dos últimas, por eso es que amo estar aquí.
Felíz día de la mujer, por cierto :D 
Nos leemos el próximo domingo de Oniria, que la cosa se ha puesto tensionante.

Parte 5

Fernanda recogió los últimos platos y los guardó en la alacena, suspiró al ver el reloj, ya era de noche
y tenía prisa por llegar con su madre. Muy en el fondo, lo único que deseaba era salir de allí antes de que Moisés hiciera su aparición. Se asomó y vio a la joven de cabellos rubios con sus largas piernas cruzadas, estaba sentada en el aparador leyendo una revista de modas. La piel de Gloria brillaba bajo ese corto vestido color verde, aunque siempre le había parecido así, sin importar qué vistiera, ella siempre lucía espléndida. Fernanda asumió que se trataba de la misma clase de persona que Moisés; avara, vulgar y desagradable, siempre sin mostrar pudor alguno al desfilar su voluptuosidad, pero cuando se hablaba con ella, uno se daba cuenta de que era una chiquilla en el cuerpo de una mujer, no era muy lista, a decir verdad, era bastante ingenua, debía serlo, trataba a Moisés como si fuera el más dulce de los hombres, mientras este no hacía más que esperar a dejarla en su casa para continuar en sus andanzas. Debía tener unos veintiséis años, una joven más del pequeño San José de los Cedros, agraciada y trabajadora, maestra en un jardín de niños, con la pésima suerte de haberse fijado en un papanatas.
–Gloria, debo dejarte, mamá me pidió ayuda en el bar– Fernanda avisó con algo de cautela.
–Oh, no te preocupes Fer, ya no vendrá nadie, esperaré a Moisés aquí– Dijo la mujer sin despegar los ojos de la revista.
Fernanda salió de la cafetería y caminó un par de cuadras a la calle más concurrida en busca de un taxi que la llevara al bar, distaba bastante de aquella zona y no tenía deseos de cruzar callejones obscuros. Pensaba que era irónico tomarse tantas molestias en un día para no pensar en aquel hombre de ojos café que se llenaban de una obscuridad sobrenatural, si lo tendría que ver esa misma noche y hacer de cuenta que no sucedía nada frente a sus amigos. Aun no decidía qué haría respecto de aquello.
Fernanda bajó frente a la puerta roja con el letrero luminoso de “Danubio Bar”, saludó al hombre corpulento de la entrada –Hola Erik– Este le sonrió con familiaridad, entró y la música alta inundó su sistema, el lugar no era demasiado grande, apenas unas cuantas mesas redondas de madera y unas cuadradas contra la pared de la izquierda, la barra a la derecha, un joven alto y delgado atendía a las cuatro hombres sentados en las butacas altas junto al mesón, las personas pasaban y se tropezaban con ella, el lugar se hacía cada vez más pequeño a medida que llegaban personas. Al fondo una pequeña tarima, aún no estaba iluminada, estaba rodeada de una gran cortina roja, aquello era nuevo, los espectáculos musicales de media noche se estaban haciendo populares y su madre apenas empezado con la idea de traer música en vivo al lugar, los clientes, que solían ser en su mayoría los conocidos habituales, parecían estar entusiasmados con la idea.
–¡Fernanda! ¡Aquí!– Gritó su madre al lado del joven cantinero, Fernanda se dirigió al bar y la saludó –Necesito que llegues a la bodega detrás de la tarima y le ayudes a Eduardo a mover unas cajas, la nueva cantante está esperando, todos están esperando y el chico de las luces no se dignó aparecer–
–Yo tuve un buen día, gracias por preguntar– Fernanda lanzó el bolso y la chaqueta a su madre por encima de la barra, hizo un ademán de fastidio y se dirigió a la bodega, nada fuera de lo usual, su madre siempre fue así, era trabajadora y entregada, pero todo un dolor de cabeza cuando estaba fatigada.
Cruzó las cortinas rojas y entró al pequeño y sucio cuarto. El espacio para andar era escaso, Fernanda se vio obligada a danzar un poco para evitar pisar la gran cantidad de cables, un enorme estante de madera se alzaba con viejas botellas de licor, platos, vasos y copas de vidrio de distintas formas, una considerable cantidad de cajas se apilaba en cada esquina y todo estaba adornado por el polvo y la suciedad. Una mujer robusta de unos cincuenta años y cabello corto y rojizo estaba sentada frente a un pequeño espejo, su vestido azul estaba emparchado de brillantes y un enorme collar de piedras probablemente falsas escondían su basto cuello, su rostro no era amable, se notaba el hastío en sus cejas fruncidas mientras se maquillaba, estaba tras dos pequeñas lámparas acaparando toda la iluminación del estrecho lugar.
–Ariadna, cuando dijiste camerino, no pensé que te referías…– Se interrumpió al ver a Fernanda de pie frente a ella –¿Y tú quién eres?–
–Señorita Fernanda– Dijo un joven tras la mujer, alto y delgado con la piel morena cubierta de suciedad –Esta es la señora Génova, la nueva cantante– señaló a la mujer con el rostro, sus manos se hallaban ocupadas sacando del montón, un rollo de cables negros y arrastrándolos hacia la caja de fusibles en la entrada, Fernanda se apartó para darle paso y no estorbar en su labor.
–Hola Iván– Saludó ella, Iván era el joven ayudante de su madre, debía tener la misma edad de Fernanda, su gran espíritu trabajador le habían hecho merecer el puesto de la mano derecha de Ariadna hacía un par de años, cuando solo era un niño. –Un gran espíritu trabajador junto a una desmesurada porción de paciencia para aguantarla en el trabajo todos los días– pensó ella –Buenas noches señora Génova– La mujer no se dignó a contestar, la cortesía no parecía ser lo suyo.
Iván alzó un ceja y resopló, dejó los cables y sacudió las manos –Son esas cajas de allá y allá– dijo apuntando en ambas direcciones con el dedo, dos cajas contiguas en la mitad de la gran estantería –Póngalas acá, no creo que pesen mucho, pero debe tener cuidado de no tirar las copas, sobre todo las botellas de arriba, su madre realmente aprecia todo aquí–
–Está bien– Fernanda se dispuso a maniobrar –¿Todo bien allí?– Preguntó al ver al joven aturdido.
–Estos reflectores son un lío, el tipo de las conexiones ha alterado todo el sonido y ha añadido esto. Encima desaparece esta noche. Usted sabe que hago de todo un poco para su madre, este bar me lo sé de memoria, pero la electricidad no es mi fuerte, no tengo idea…– Dijo pensando, reflexionó unos segundos y pareció hallar respuesta a su dilema técnico, Iván se puso manos a la obra de inmediato.
–Bien, ten cuidado– Agregó ella y amagó un poco al comprobar el peso de la primera caja, el polvo invadió su nariz, contuvo un estornudo y algunos de los delicados elementos de vidrio se tambalearon en el enorme estante, Fernanda observó las tres botellas de la parte de arriba y suspiró.
– ¡Génova, querida!– La madre de Fernanda entró con gran agite –Prometo que esto lo solucionaré, la gente te amará–
–Oh, Ariadna, esto no va a durar, no si es así cada noche, tengo categoría ¿Sabes?– La mujer se puso en pie enfatizando.
–Lo sé, no hay duda– Ariadna se dirigió a Iván en la entrada de la bodega –Dime que lo has solucionado, está repleto y la gente espera–
–Ya está casi listo, he intentado de todos los modos– Se puso de pie junto a la hilera de palancas al lado de la caja de electricidad –Así debe funcionar– dijo halando la palanca hacia arriba, uno de los reflectores iluminó desde afuera, una gran chispa resonó y la luz se fue de nuevo, la parte baja de la caja eléctrica comenzó chispear  y luego la caja sonó, un estrépito ensordeció el espacio, todos retrocedieron, se escuchaban gritos al otro lado de la cortina.
–¡Oh, por Dios! Iván ¿Qué es lo que has hecho?– Ariadna exclamó horrorizada, estuvo a punto de dar un paso adelante.
–¡Alto!–Gritó el joven –Aléjese de esos cables– advirtió, dos pequeños estruendos golpearon en la caja, uno de los cables se movió, las chispas salían disparadas, Fernanda se vio obligada a cubrirse la vista, el olor a quemado inundó el claustrado lugar –Todas quietas en su lugar– Iván seguía comandando la situación con nervio y rigor, las tres mujeres se ubicaron detrás de él, recostadas a las cajas de atrás, casi no había espacio.
Una de las chispas alcanzó las cortinas, el fuego comenzó a alzarse con rapidez, consiguieron ver a través de la entrada, a las personas corriendo, alejándose del suceso despavoridas, el humo cubría todo. Génova chilló llena de terror.
–¡Llama a alguien! ¡Que traigan los extintores!– Génova agarraba a Iván con fuerza del brazo, con gracia se le antojó a Fernanda ver a la robusta y pedante mujer encontrar fuerza o calma en el joven y delgaducho chico.
–No entiende, no hay extintores– Gritó Iván zafando el apretujado brazo. Todos miraron a Ariadna, Fernanda nunca había visto a su madre en actitud de vergüenza por un error cometido, ella nunca cometía errores, pero esa vez, sin duda la expresión era de excusa, el silencio inundó a los cuatro desahuciados por unos segundos.
–Entonces tu vanagloriado negocio ni siquiera está preparado para una emergencia– Génova alzó la voz –¡A qué pocilga he venido a parar!– y cuando Ariadna estuvo lista para responderle y empezar una riña, ambas mujeres comenzaron a toser, inhalaban y exhalaban con dificultad.
–¡Ayuda! ¡Aquí!– Gritó Ariadna a la entrada sin resultados, los barrotes que contenían las cortinas, luces e instalaciones de la improvisada tarima, comenzaron a caer obstaculizando aún más la salida, las llamas se volvían más feroces y algunas chispas aun saltaban frente a ellos.
–Oh por Dios ¿Moriremos aquí?– Fernanda estaba sofocada, temblaba, sentía que las paredes y las cajas se acercaban cada vez más y el espacio se hacía nulo.

–Por supuesto que no, alguien vendrá– Esperanzó Iván y gritó por ayuda un par de veces más, la caja de fusibles rechinó por última vez y las luces de todo el lugar se apagaron, todo estaba cubierto de obscuridad, opacado por el humo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

No te vayas sin comentar :)