domingo, 1 de marzo de 2015

Oniria (4)

Exámenes, exámenes, vida, familia, personas, y más exámenes... Cosas que van a acabar conmigo, tengo rato sin subir cosillas cortas y versos por acá, pero ya me pongo en eso. Ando entre sí o no respecto a Wattpad, muy secretamente publiqué allá un par de partes de Oniria y ya he recibido comentarios, eso me animó ¿Y a quién no? Eso no quiere decir que acá me esté desanimando, es que acá lo hago por gusto, amo mi blog (no, no estoy haciendo un berrinche)... En fin, sueños extraños y más pesadillas, entrada corta :)


Parte 4

Fernanda se despertó de golpe al oír gritos a los lejos, gritos, sonidos, gruñidos, mucho ruido allá afuera, pero estaba encerrada en una especie de jaula o cárcel de barrotes metálicos y paredes grises, la neblina cubría aquel misterioso lugar, dentro y fuera, tan densa que no alcanzaba a ver sus propios pies, ni podía divisar más allá de un par de metros fuera de los barrotes. Apretó los barrotes con sus manos, los golpeó con fuerza de una forma y otra, pero fue imposible moverlos, estaba atrapada y la neblina subía cada vez más, los gritos la desesperaban, empezaba a exasperar.
–¿Alguien? ¡Ayuda!– Gritó, pero no obtuvo respuestas, los gritos se alejaron, observaba la neblina y los barrotes con desdén, un par de lucecillas revoloteaban a lo lejos, parecían dos pequeños puntos de brillo danzando, a medida que se acercaban se hacían más y más brillantes, la nebulosa comenzaba a disiparse, las estrellas cruzaron los barrotes y siguieron su camino, había otra salida detrás de Fernanda y ella no se había percatado. Las siguió entonces, parecían guiarle a un lugar seguro, al menos así se sentía. Las luces se detuvieron y se juntaron formando una gran luz que creció y creció hasta quemar los ojos de Fernanda, ella ya no las podía mirar directamente.
La joven parpadeó hasta que sus ojos encontraron el techo de su cuarto, otro extraño sueño, esculcó la habitación y exhaló llena de sosiego, esta vez no había demonios, solo una pesadilla más. Su reloj delataba tu retraso, nuevamente debía llegar temprano al Winter Café, había un desastre que recoger y un turno extra que completar.
Después de un corto baño y de vestirse, Fernanda bajó las escaleras y entró a la cocina, encontró a la Tía Aldana desayunando con su madre, Belén debía seguir dormida, sus parloteos matutinos aún no le turbaban el oído.
–Buen día– Saludó
–Buen día, linda. El asunto de la fuga parece haberse  salido un poco de control, los chicos me aseguraron que hoy mismo lo resolverían– Expuso Aldana, como si se hubiese visto obligada a explicar su presencia –Ya no habrá más Tía Aldana para desayunar– Sonrió.
–Es una pena, espero que se solucione y no debas cerrar la tienda por mucho– Fernanda le sonrió de vuelta y tomó un aparatoso buche de café. La tía Aldana vivía en un apartamento al norte del pueblo detrás de su tienda de antigüedades, vendía de todo tipo de cosas viejas y extrañas que atraían el tipo de personas que se podrían describir con esas mismas dos palabras; muebles, mesas, lámparas, libros, cuadros y demás objetos tan peculiares como populares en la zona.
–Fer, luces muy mal ¿Te sientes bien?– Preguntó la mujer con acongojo.
–Pesadillas– Fernanda comía con evidente apuro, esta vez sí que llegaría tarde.
–¿Nuevamente?– Aldana parecía muy interesada, a Fernanda le pareció curioso, ya ni recordaba haberle dicho a su tía que había tenido pesadillas ayer por la mañana, debía estar muy distraída –Deberías saber que son muy normales en la familia, tenemos el sueño pesado ¿Recuerdas al abuelo Julio?– Su madre dejó de servir y cruzó los brazos frente a su hermana mientras hablaba –Tenía pesadillas extrañas todo el tiempo, incluso solía asustarse, decía que era normal que se volvieran realidad, eran como advertencias del futuro– Ariadna se aclaró la garganta y gruñó aún con los brazos cruzados, la pintoresca tía se vio obligada a dejar de hablar.
–Avisos del futuro…– Murmuró Fernanda, en realidad solo fue un pedazo de la avalancha de pensamientos que tenía, que se escabulló de sus labios, se puso en pie –Ya debo irme– Anunció.
–¿Qué? Pero apenas y has probado bocado– dijo la madre de Fernanda, no estaba contenta.
–Estoy retrasada, hoy hay mucho que hacer, me toca cubrir extras– Fernanda refunfuñó, no le agradaba ser interrogada por su madre.
–Creí que tenías turno extra el día de ayer ¿Hoy nuevamente?– Al instinto maternal de Ariadna no se le escapaba nada.
–Sí, Diana no podrá ir y debo limpiar algunas cosas, Moisés me lo ha pedido–
–Está bien, pero esto no me agrada, no debes dejar que ese abusivo se aproveche de ti, sabes cómo es. Es una alimaña– dijo recogiendo el plato a medio comer de su hija –Eres deportista y enfermarás ¡Mira tu rostro pálido!–
–Está bien, mamá– Fernanda lloriqueó dirigiéndose a la sala y se alejó, revisó su bolso en el sofá esperando no olvidar nada, esta vez sí llevaba el suéter color naranja donde se leía “Winter café” junto al dibujo de una pequeña taza de café.
–Ya te lo advertí, no quiero que le metas ideas en la cabeza, Fernanda ya tiene bastantes cosas– Regañaba Ariadna entre murmullos, Fernanda frunció el ceño y entró a la cocina, ambas mujeres se quedaron calladas de inmediato.
–¿Qué sucede?– Preguntó paseando la mirada de un rostro a otro.
–Nada, es solo que necesito tu ayuda, debes venir al bar en la noche, me caería bien algo de ayuda– Las palabras de su madre eran apresuradas, el cambio rotundo de conversación era demasiado evidente –No puedes decirme que no, hoy empieza la nueva cantante y será una noche ajetreada– El Bar Danubio era el negocio de su madre desde hacía ya más de siete años, se hallaba en el centro de la ciudad, tenía ese aspecto nostálgico de todo bar bañado en boleros tristes, eso era lo que lo mantenía lleno de clientes cada noche, su madre trabajó duro en él y con el tiempo fue creciendo, era la dueña y administradora, lo cual significaba que no descansaba nunca.

–Está bien mamá– Fernanda apretó los labios, tal vez su madre no quería que ella la viera discutir con su hermana, pero estaba segura de que la había mencionado. El caso era que hoy no podría descansar, debía trabajar todo el día, llegar en la noche al bar de su madre para ayudarla y luego escabullirse para salir con los chicos a celebrar el triunfo de Corina. Elías estaría allí y no había excusa posible para negarse a asistir, tal vez solo debía decirle la verdad a René sobre su maniático primo, tal vez él sabía algo respecto a él, una explicación lógica que la convenciera y no la hiciera sentirse como una lunática.

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