domingo, 22 de febrero de 2015

Oniria (3)

El domingo pasado no actualicé porque a alguien en mi universidad se le ocurrió que sería divertido adelantar de manera imprevista los exámenes parciales (los quiero degollar) ... Además no ha sido mi mejor semana, tenía varias cositas que quería compartir aquí y no he podido, como siempre, me he vuelto a saturar. Lo que importa es que es domingo y aquí está la siguiente entrada de Oniria.
Un segundo encuentro con Elías y su peculiar apariencia...


Parte 3

Fernanda volteó el letrero de la puerta al lado en el que se leía “cerrado”, bajó las persianas y se quitó el delantal aliviada, era tarde en la noche, estaba sola y el turno extra había transcurrido saturado de clientes. Colgó el delantal donde siempre y ubicó algunas cosas en la cocina, cuando la campana sonó, salió al mostrador, Moisés se hallaba recostado sobre el marco de la puerta con los labios curvados en una sonrisa y las manos en los bolsillos de la chaqueta –Hola, linda–
–Hola– Contestó Fernanda, se le acababa de hacer un gran nudo en el estómago –Ya acabé, voy de salida– Entró a la cocina y se apresuró a tomar su bolso y su cazadora.
–¡Sal de ahí!¡Ahora!– Se ordenó mentalmente, era todo lo que podía pensar. Dio tres pasos de regreso, pero Moisés ya se encontraba obstaculizando en el mostrador –Preciosa ¿Ya te había dicho que me vuelves loco?– sonrió con descaro, era tan desagradable.
–Sí, Moisés, por supuesto– Fernanda contestó con hastío e intentó abrirse paso rodeándolo, él la rodeó con el brazo izquierdo, impidiéndole seguir su camino, un movimiento más que inapropiado.
–No tienes que ser ruda, muñeca, es solo un alago– le rozó el rostro con el dedo, Fernanda lo apartó de un manotazo, no permitiría que ese repulsivo hombre se sobrepasara, no importaba si se trataba de su jefe, sabía darse su lugar, no era precisamente alguien pacífico y ya le había soportado muchos actos guarros a aquel sujeto.
–No creas que puedes tocarme, ni que conmigo puedes actuar como un cerdo– Las palabras salieron de su boca, no pensaba mucho, solo recordaba que estaba sola con él.
–¿Cerdo?– Su jefe soltó una carcajada –Qué ingrata eres– la cubrió de nuevo con el brazo, esta vez Fernanda sintió las manos en su espalda, demasiado bajo como para ignorarlo.
–¡Suéltame!– Gritó y lo empujó, el hombre cayó sobre el mostrador, las sobras de la torta del día cayeron al suelo junto con la pila de cubiertos limpios, dos platos se deslizaron quebrándose y Moisés no lograba recuperar el equilibrio, su rostro reflejaba incredulidad. Fernanda retrocedió, él se levantó y la miró con furia.
–¡Maldita loca!– Gruñó, Fernanda corrió a la puerta presa del pánico, salió del establecimiento, observó al hombre levantándose a través del vidrio, él se volvió hacia ella, y el miedo volvió. Corrió al menos cuadra y media, se detuvo un momento, se recostó contra la pared y respiró ahondo.

El corazón estaba a punto de salir disparado, necesitaba calmarse, miró atrás, no había nadie, la calle estaba sola, era de noche, pero no carecía de iluminación, sintió un poco de sosiego. Caminó con más tranquilidad por la cera de la calle, los letreros se alzaban incandescentes y los ruidos del centro del pueblo se escuchaban a lo lejos, un sonido seco hizo eco detrás de ella, volteó, pero no vio nada, no había nadie. La brisa nocturna le rozó el cuello, deseaba estar en casa pronto. Fernanda protegió sus manos en los bolsillos y caminó a paso más acelerado, justo antes de llegar a la esquina, el ruido se repitió, era un golpe metálico, como si alguien pateara una lata a sus espaldas, volteó, pero no había nadie, aquello era extraño, inquietante, la joven frunció el ceño desconcertada. Dio un paso a un lado y esculcó la calle con la mirada, un par de personas  muy al fondo, veía a dos mujeres a través de la ventana de un restaurante a un par de metros al otro lado de la calle, un carro venía, no la alarmó, desde allí aún podía ver la figura de la camioneta de Moisés casi frente al Winter Café, donde siempre la estacionaba, todo estaba en orden.
Miró al frente una vez más y comenzó a cruzar la calle. A su derecha había un corto callejón bastante obscuro, había un enorme contenedor repleto de bolsas de basura, al menos eso era lo que el olor que despedía, describía del lugar. Algo se movió entre las bolsas, Fernanda apretó su bolso, dio dos pasos, temblaba, miró al frente y la bolsas sonaron otra vez, un gato maulló –Estúpido gato– Volteó hacia el callejón, una figura alta y delgada estaba de pie junto al contenedor, más negra que la noche misma.
Fernanda dio un paso atrás, Elías dio un paso hacia ella, las luces de las lámparas de la calle lo alcanzaron y revelaron su cabello lacio y castaño, sus ojos cafés y su mirada glacial.
–¿Vas a decirme qué fue lo que me hiciste?– Ladeó la cabeza. La joven corrió hasta la otra cera, pero una mano le apretó el antebrazo derecho, él la alcanzó sin que ella pudiera si quiera escuchar sus pasos persiguiéndola, como si solo hubiese desaparecido de al lado del contenedor y reaparecido a su espalda, tan inhumano como la noche anterior.
–Aléjate de mí, yo no he hecho nada– Titubeó, sentía como cada parte de su cuerpo palidecía y de pronto, estar sola en el Winter Café con su jefe, parecía una idea acogedora.
–No dejaré que juegues conmigo. ¡Arréglalo!– Ordenó, sus palabras parecían tener la convicción de que Fernanda tenía claro de qué estaba hablando, pero no era así, ella no tenía idea de nada acerca de la entera existencia en ese instante, lo único que deseaba era correr. La furia invadió el rostro de Elías, los ojos se abrieron y los orificios nasales se expandieron, si su mirada hubiese gozado de filo, ella no habría vivido para contarlo –¿Crees que no he lidiado con cosas peores antes? Te exijo que lo arregles, ahora– La tomó del cuello y apretó sin esfuerzo, estaba indefensa y frágil, la última manera en la que Fernanda hubiese deseado describirse, siempre alta, atlética y fuerte, junto a él jamás se sintió tan diminuta –Grábate esta escena, porque si no lo arreglas, con esta misma mano te mataré, y esto será lo último que veas en tu miserable vida…– Fernanda comenzó a patalear, en un intento casi logra golpearlo, su bolso cayó al suelo, enterró las uñas en las manos de su opresor, no parecía sentir dolor alguno, entre más fuerte trataba, más presión sentía en su cuello, estaba segura de que se quebraría como un cristal en cualquier momento.

El sonido de un carro acercarse interrumpió los jadeos de Fernanda, el joven  la lanzó con fuerza al piso, su boca absorbió el aire con desespero, la luz acercándose la mareó más de lo que ya se sentía, la camioneta desaceleró frente a ella, el vidrió de la ventanilla descendió –¿Qué haces en el piso, estúpida?– Moisés lanzaba chispas con la mirada –Mañana Diana no podrá venir a hacer su turno, debes venir temprano a recoger el desastre que has dejado en mi cocina, si es que quieres conservar tu empleo– subió el vidrio y aceleró llenando su rostro de polvo.
Fernanda parpadeó hasta recuperar el equilibrio, la cabeza le daba vueltas, aún jadeaba, miró hacia atrás y no había señal de vida alguna en el oscuro callejón, tomó su bolso, observó incrédula el contenedor y las oscuras esquinas por varios minutos y luego corrió con lágrimas en los ojos en dirección a su casa.
Las llaves se cayeron por lo menos tres veces de sus temblorosas manos, estaba en la puerta, presa del miedo y el desconcierto, abrió la puerta, su madre no estaba y su hermana dormía en el sofá con el televisor encendido como cada noche, cerró la puerta con pasador, como si eso la hiciere sentir más segura, cuando dentro de sí, sabía que ya nada podría hacerle sentir en paz.
–¿Fernanda?– Preguntó Belén con voz ronca y frotándose el rostro, el ruido de la puerta la había despertado, ella se sintió incapaz de responderle una vez más y subió las escaleras con afán.

Abrió la puerta de su cuarto, tiró el bolso y saltó a la cama ignorando la, ya casi imperceptible, mancha en el piso, deseaba gritar, correr, deseaba ser fuerte y poder darle un buen golpe a Moisés en la entrepierna y tener la  fuerza para estrangular al monstruo de Elías, porque eso es lo que era, un psicópata demente que aparecía y desaparecía como un fantasma, tenía ojos negros como un demonio, eso es lo que era; un monstruo. Mordió la almohada y lloró contra ella, la lanzó contra la pared y se recostó. Un hombre, que había llegado al pueblo diciendo que era el primo de su mejor amigo, lo vio solo una vez y apareció en su cuarto una noche, pegado al techo como una criatura salida del inframundo, se había lanzado sobre ella y había succionado “sabrá Dios qué” de su boca, sus ojos eran normales un instantes y después se volvían negros como alquitrán infernal, había convulsionado y vomitado una substancia del color de sus espectrales ojos y, al parecer, la culpaba por ello. La lista de hechos a analizar se volvió insana en su cerebro, sentía que explotaría en cualquier momento, ¿Acaso estaba enloqueciendo? ¿Acaso estas cosas sucedían en el mundo de las personas normales? Las jóvenes normales de diecinueve años cuyas preocupaciones; como la universidad, los problemas familiares y el trabajo, deberían ser suficientemente complicados de lidiar.
La vida no podía estar haciéndole esto. Fernanda era tranquila, analítica, razonable y es así cómo tomaría esto, no perdería la cabeza, hacer una lista imaginaria escribirlas y guardarlas mentalmente para idear una solución, parecía lo correcto, no perdería el control. El control… ¿cuál control? Un demonio la perseguía, no podía sola, pero no había a quién mostrarle la lista imaginaria que acababa de realizar, no sin que ese alguien la viera como una completa demente. Sus pensamientos se volvieron un laberinto sin salida que la mantuvo en desvelo hasta la madrugada, lloró, analizó y volvió a llorar hasta quedarse dormida.

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