domingo, 1 de febrero de 2015

Oniria (1)

Parte 1

–¿Elías?– musitó
–Sí, pero por favor…– Ella no lo dejó terminar, comenzó a tambalearse, era fuerte pero no lo suficiente y antes de que pudiera gritar, el hombre volvió a cubrirle la boca.
–Esto no va a funcionar– dijo poniendo ambas manos a cada lado de su rostro, con fuerza presionó su cabeza, frunció el ceño, sus ojos se cubrieron de negro una vez más, la imagen era espantosa y antes de que Fernanda pudiera abrir bien los labios, el hombre la besó ahogando cualquier grito de auxilio.
Él succionaba el aliento directamente de su boca, absorbía hasta dejarla sin respiración, se separó un poco de ella, un hilo de humo gris comenzó a salir de su boca y a entrar directamente a la de él, le consumía mucho más que el aliento. Fernanda temblaba de terror ante aquella escena, no sabía si sus ojos la engañaban, se asfixiaba en los brazos de aquel hombre que más que un hombre, lucía como un monstruo.
Cuando estuvo a punto de cerrar los ojos derrotada, Elías se separó bruscamente de ella saltando a un lado de la cama. Fernanda tomó aire con fuerza, sus pulmones se expandieron hasta que el pecho no cedió más, se sentó en la cama inhalando y exhalando jadeante.
El joven se hallaba desplomado en el suelo, sus ojos volvieron a la normalidad y su rostro tenía un aspecto pálido y angustioso. Se palpaba el estómago con desespero en una horrenda expresión de penuria, hasta que de su boca salió una turbia sustancia negra. Fernanda  no emitió ruido alguno, lo observaba vomitar con dolor, perpleja  y acurrucada contra la pared, intentando hacer hasta lo imposible por mantenerse alejada de aquello.
El joven dejó de vomitar y se quedó unos segundos observando el líquido obscuro regado en el piso, sus manos y su rostro, sus ojos se abrieron lanzándose con turbación hacia ella, observándola de pies a cabeza.
–¿Qué eres?– Se levantó de su posición.
–Aléjate de mí. Gritaré– Sentenció sin que su voz débil diera la mínima credibilidad a su amenaza.
–Tú...– Elías tocó su estómago, arrugó el rostro en una mueca de dolor –Tú me hiciste esto ¿Qué eres?– Rodeó con la mirada el charco viscoso a sus pies, caminó hasta la ventana y saltó sin producir el mínimo ruido, el intruso se había evaporado en la oscuridad de la noche.­
Apretó la almohada, lloraba de miedo por dentro, pero su boca no podía emitir sonido alguno, estaba estática, en shock esperando dejarse convencer de que aquello no había sido más que una pesadilla. Cuando estuvo a punto de hacerlo, logró levantarse, miró con asco la mancha negra en la alfombra de su cuarto y corrió escaleras abajo presa del pánico.
Se zambulló en el sofá sin fijarse que su hermana Belén estaba al otro lado de la sala viendo televisión.
– ¿Qué te sucede?– Preguntó la niña sin gran interés, pero Fernanda no pudo articular palabra alguna, cerró los ojos y temblando, se repitió una y otra vez que aquello solo se trataba de un delirio nocturno. No pudo conciliar el sueño.
Fernanda se despertó con el ruido de su madre en la cocina, se levantó a pasos lentos, era tarde y debía ir a trabajar, subió a su cuarto con pesadez e indecisión, buscó la mancha en el piso, estaba seca, como si se hubiese evaporado en su gran mayoría, ver aquello a la luz del sol la hizo estremecer, era la prueba de que alguien o algo la había abordado en la noche, por más que se quisiera engañar, era real. Entró en puntillas, tomo del closet lo primero que encontró y corrió hacía el baño con aversión, no deseaba estar cerca de aquella imagen un solo segundo.
El baño pareció ayudar bastante, no había dormido nada, los nervios estaban alterados, se encontró sorprendida de lo extrañamente tranquila de su reacción, cualquier otra persona se habría vuelto loca de solo presenciar aquello, ella no, ella lo evadiría y no pensaría en ello hasta que fuera lo suficientemente lejano como para decir –Qué tontería ¿Cómo pude considerar que eso fue real?... Elías…– se detuvo, el curso de sus pensamientos ya no era agradable.
Su madre servía el desayuno con el apuro de cada mañana, se sentó a comer apenas fijándose que su hermana la observaba con el ceño fruncido –Luces fatal– Criticó – En fin, como te decía, hablé con ellas y ¿Qué crees? Aceptaron evaluarme, las chicas me escucharán cantar y quizá, si les gusto, me dejarán ser parte del grupo– continuó parloteando sin si quiera molestarse en masticar bien la comida, con la energía y entusiasmo propios de su escasa edad, energía de la que por supuesto, Fernanda carecía –Estoy tan emocionada– la pequeña triscaba en su asiento
–Sí, cariño– murmuró la madre en respuesta al palique de la chica. El timbre interrumpió su labor casero –Debe ser Aldana. Belén, abre la puerta– La niña corrió en el acto, Fernanda se sintió aliviada de que su hermana se alejara por unos segundos, tal vez ahora intentaría probar bocado.
–Buen día, familia– La mujer morena entró en la escena sin precaución, Belén se colgaba de sus hombros como niña pequeña, estaba encantada de ver a su tía –Fuga de gas, tuve que huir de la tienda cuanto antes, era imposible– No era común que la tía Aldana viniera a desayunar.
–Tengo huevos revueltos, a penas y te anunciaste, espero que te sirva– respondió su mamá, Fernanda estaba acostumbrada a que ella dijera cosas sin pensar cuando estaba bajo estrés, tanto que a veces sonaban algo toscos.
–Bastante Ariadna, me sirven bastante– la tía se sentó en la mesa junta ellas y se frotó las manos con una sonrisa en el rostro, ella también estaba acostumbrada al estrés y carácter de su hermana –¿Y mi chica grande?– Observó a Fernanda con ojos amables cubiertos de arrugas, estaba bien maquillada para sus pasados cincuenta años y con el cabello largo recogido en una coleta de la que varias canas se escapaban, era bastante robusta y se cubría siempre de ropas con colores alegres y muchos collares con colgantes de figuras peculiares, muy acordes a su personalidad –No luces bien ¿Mala noche?– indagó
–Sí, pésima, tuve el sueño pesado con algunas de pesadillas– Fernanda tomó un buen sorbo de café.
–Es curioso, porque anoche soñé contigo y esta mañana te tuve especialmente presente–  Paseo la vista por los rostros de su hermana y su otra sobrina –¿Todo en orden?–
–Por supuesto, tía, todo está bien– Fernanda apenas y respondió, se levantó de la mesa, se le hacía tarde y no tenía ánimos de tertulias familiares, subió las escaleras  buscando una cazadora gris que creyó dejar en el baño, no estaba en ninguna parte así que se dirigió con decepción a la cocina, las escaleras no le apetecían esa mañana.
–Solo dímelo ¿Cuál es el asunto ahora, Aldana?– Su madre murmuraba,  Fernanda se detuvo en seco antes de llegar a la cocina, con la esperanza de que no la hubiesen percibido.
–Nada hermana, es solo que estoy preocupada por la niña– respondió su tía, no habían escuchado que ella estaba allí, Fernanda se recostó a la pared y vio la cazadora tras el sofá.
–¿Por qué? Ella está bien, ocupada en sus cosas, eso es todo ¿Te ha dicho algo?– la reacción de su madre era exagerada, aquello ameritaba analizarse.
–No, yo lo he presentido– Respondió Aldana, de no haber estado acostumbrada a las excentricidades de su tía, aquello hubiese resultado bastante singular.

–Lo sabía, vienes con tus tonterías, vuelve a la tienda y deja a mis chicas en paz– Fernanda pensó que aquel definitivamente no era su mejor día, pero evidentemente para su madre tampoco lo era, tomó la cazadora y salió de la casa sin despedirse, ameritaba que alguien sin nada que hacer, analizara los problemas de humor de su madre y ese alguien no sería ella.

2 comentarios:

  1. ¡Hola Daniela!
    He visto que te has pasado por mi blog y querías unirte a la iniciativa. Te apunto en la entrada ahora mismo, solo tienes que leerla cada semana y continuarla cuando te nominen.
    ¡Besos!

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    1. Claro, me encanta la historia, gracias por informarme :)

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