martes, 29 de julio de 2014

Fiesta Con La Muerte

Parte 6: El Encuentro.

-Siento mucho escuchar esto señor Black… Sí, sí entiendo- Goldman hablaba por teléfono mientras caminaba en círculos frente a la nerviosa joven sentada en la mesa –No se preocupe, yo estaré informándole, sé que es una tragedia y no podremos hacer nada para remediarlo, pero estamos cumpliendo nuestro deber y llegaremos hasta el fondo de todo esto… Por su puesto… Sí… estaré aquí hasta la tarde y enviaré a alguien para que recoja las pruebas enseguida… Hasta luego y lo siento mucho- Aún después de años de experiencia, aquellas situaciones lo ponían incómodo, pero no era más que un impulso a seguir con su trabajo, la observó tajante.
-¿Sucede algo, señor?- La vos de Mayra era débil.
-Ethan Black ha muerto- Así sin más, sin expresión, sin preámbulo, con los ojos secos hechos taladros que intentaban descifrar aquella joven, la última pieza del rompecabezas, la que tenía que encajar y acabar con todo.
Mayra apretó el puño, agachó la cabeza e hizo un notable esfuerzo por no quebrarse -Lo siento tanto por Aaron y sus padres- Tembló.
-¿Solo por ellos? ¿Y por usted? ¿No está triste por la pérdida, señorita Parker?-
-Oh, sí claro señor, Ethan era muy conocido en la escuela y el amigo de mi novio, aunque no era muy cercana, siento lo que sucedió-
-No tiene por qué fingir, ya la señorita Tara Geller nos contó todo lo que sucedió y creo que eran más que cercanos-  Mayra quebró en llanto, llevó las manos al rostro y se dejó caer sobre la mesa. Goldman había intentado ser suave y comprensivo con los anteriores jóvenes interrogados, pero esta chica de fachada impenetrable no le producía compasión alguna, aun así, debía calmarse.
“Estoy aburrida del protocolo. Quiero verte ya” tecleó en su celular devolviéndose de inmediato con una sonrisa a su alto y fornido acompañante. Mike estaba entusiasta charlando con todos los demás, era un amplio círculo de jóvenes relucientes que se apoderaban a carcajadas del lugar. El exclusivo circulo de anfitriones al que ella era afortunada de estar añadida.
-¿Está todo bien? No paras de observar tu teléfono- Susurró Mike con ojos preocupados, se había percatado de su alterado estado.
-Todo está bien, lindo. Es solo que papá advirtió que debía regresar temprano- Se apretó a su grueso brazo con dulzura, sabía cómo improvisar.
-¡Vamos, Mayra! Acabamos de llegar, no pienses en eso. El lugar está increíble, solo disfruta- Le dio una delicada palmadilla en el hombro y regresó a su entretenida conversación con el resto del grupo. Un zumbido en su cartera de adornos plateados casi hace que brinque de susto.
“Yo también. No puedo esperar, luces preciosa, la más bella de toda la fiesta. Adelántate, yo te alcanzo” Mayra leyó el mensaje y esbozó un sonrisa sin darse cuenta.
-¿Ves? Así me gusta. Eres bella cuando sonríes- Mike la sorprendió, escondió el teléfono tan pronto como pudo, debía ser más cuidadosa. “Eres bella cuando sonríes” sin duda lo único delicado que había escuchado decir a Mike desde que lo conocía, pero no se quejaba, por el contrario, era aquel aspecto ordinario y salvaje lo que le había atraído de él en primer lugar. Le encantaba cuando la abrazaba con intensidad, cuando la cargaba sin esfuerzo alguno y la poseía con besos  apresurados. Pero todo ese encanto se había convertido últimamente en algo tedioso e insípido, Mayra siempre iba en busca de nuevas emociones, y lo que deseaba ahora era más allá de Mike.
-Voy al tocador- Se quitó la máscara de color azul, no pudo evitar pensar en el incómodo encuentro con Aaron en la entrada, era tan dulce y distinto a Mike –Sostén, por favor- Le entregó la máscara y le reveló un enorme par de brillantes ojos avellana y una sonrisa encantadora –Tienes razón, saldré a echar un vistazo, el lugar es increíble. No tardaré- Se inclinó en puntillas y le dio un pequeño beso en la mejilla.
Caminaba con gracia ocultando el nerviosismo. No, no nerviosismo, emoción, algo ardía en sus entrañas y la impulsaba, todo debía salir bien. Se dirigía a las escaleras repasando el plan una y otra vez. “Segunda puerta a la izquierda, segunda puerta a la izquierda” repetía. Todos se volteaban al verla pasar, todos la observaban, se había apoderado de la atención de los de último año, de la escuela entera y ahora solo deseaba una cosa: Ethan Black. Siempre había luchado por obtener lo que deseaba y esa noche era la prueba de que lo había logrado, solo faltaba tener a su adorado jugador de baloncesto de ojos verdes en sus brazos y todo sería perfecto. Nada le impediría llegar a él, Aaron fue dulce y tierno, Mike era fiero e indómito, pero Ethan era sencillamente apasionado, intenso, con esa mezcla de ambas cosas que hacía que toda chica que no hubiere caído presa de su impecable sonrisa, quedara hechizada con solo escucharle hablar. Era simplemente perfecto. Había sido astuta, se mostraba reacio al principio, al verla con Mike después de dejar a su hermano -Cómo lamentaba aquello, no le importaban mucho los rumores de la escuela, solo lamentaba la forma en que Aaron lo había averiguado. Una vez que caminara de la mano de alguno de los deportistas de último año, los rumores de la escuela ya no serían un problema- Así que averiguó pronto su número telefónico y comenzó a hablarle, sobre Mike, sobre Aaron, sobre la vida, era una maestra de la conversación y por supuesto, Ethan también. Y como dicen “una cosa llevó a la otra” o al menos así planeaba explicárselo al mundo una vez que caminara de la mano, no de cualquier deportista de último año, sino de la estrella de la escuela.
Nada más útil entre su nuevo círculo social que su rostro inocente y su aspecto dulce para desenvolverse con ingenio y frescura, Tara y su grupo de amigas le daban la bienvenida sin siquiera sospechar, jamás la vio como una amenaza. Nada era un impedimento entre Ethan y ella, y ahora, en esa misma mansión y en las narices de todos, ambos se encontrarían con el mismo frenesí y la misma vehemencia que relucían en todas sus confidenciales conversaciones por mensajes de texto.
Casi perdía la orientación entre tantas personas de tantas divagaciones mentales, ubicó las escaleras y se dirigió a ellas, en ese momento una figura tambaleante se atravesó en su camino.
-Aaron… ¿Estás bien?- Preguntó en su mejor intento de esconder el disgusto dibujado en su rostro, Aaron estaba evidentemente pasado de copas, hablaba incoherencias y comenzaba a atraer las miradas, intentó razonar pero fue imposible, debía pasar desapercibida si deseaba que su plan funcionara, así que lo evadió y huyó tan pronto como pudo camino a su destino, con la esperanza de no ser seguida por nadie que no fuese Ethan. Una vez estuvo en el segundo piso, llegar fue pan comido, arriba la gente estaba aún más desorientada que Aaron, todos corrían de un lado a otro, la mayoría con máscaras y túnicas disfrutando de la trillada temática de “casa de los horrores”. Removió una enorme tela cubierta de arañas de juguete y caminó por aquel pasillo secreto a la deseada segunda puerta a la izquierda.

El lugar era una especie de antiguo cuarto de huéspedes, uno de los tantos, con una vieja cama cubierta con sábanas color pastel, unos empolvados muebles y una puerta de vidrio enmarcada en madera carmín, que revelaba un hermoso y amplio balcón con vista al gran jardín. La Casa Montecarlo era una exquisitez. Cerró las cortinas color vino tinto para impedir la vista desde el jardín, revisó la puerta, el seguro no servía, frunció el ceño, aquello no le agradaba, la perilla giró sola dándole un gran susto.
-Preciosa… Eres como una cruel hechicera que se esconde en la fachada de un rostro de ángel- Dijo Ethan en voz baja y lenta mientras cerraba la puerta tras él.
-¿Qué quieres decir?- Preguntó, su corazón latía de manera arrebatada.
-Sí, lo que le hiciste a mi hermano, a mi amigo y ahora a mí… Es algo inexplicable- Lanzó el smoking negro al mueble y recogía las mangas blancas de la camisa mientras se acercaba con una sonrisa seductora. Mayra sonrió, no pudo decir nada, le ardor aumentaba por dentro. Ethan se acercó con lentitud, acarició su mejilla, notó su estremecimiento, sonrió y le besó con intensidad, con fuerza y sin rodeos. Ella retrocedió hasta encontrarse con la pared.
-Pequeña y hermosa Mayra, he esperado tanto esto. Ahora dime ¿Deseas que me detenga?- pero Mayra no era precisamente un tímido gatito acorralado contra una pared, no había llegado hasta allí para acobardarse, así que llevó las manos a su espalda desabrochando el vestido soltando un poco la cremallera. El vestido azul se deslizó hasta su cintura con suavidad. Mayra descubrió su pálido cuello y abdomen, el blanco nacimiento de los senos se adornaba con un sostén de delicado tono rosa. El rostro de Ethan era una mezcla de ansia y sorpresa, la respuesta a su pregunta era clara. Se besaron con sed y desenfreno, Mayra acariciaba el abdomen y el pecho sobre la camisa hasta subir al cuello y comenzar a desabotonarla, Ethan la detuvo y subió su mano despacio marcando un camino hasta la parte trasera del sostén. Lo desabrochó y se saboreó. El frío llegó hasta el descubierto pecho de Mayra, sentía arder los pezones y el cálido aliento del chico la estremeció de regocijo. Las lamidas llegaban como latigazos de energía sobre la piel sensible, los gemidos no se hicieron esperar, le acariciaba el cabello y lo impulsaba a continuar devorando sus senos. Un crujido interrumpió, los ojos de Mayra se abrieron de manera exagerada, la puerta se había abierto y Tara estaba de pie frente a ella. Ethan volteo, y cuando hicieron contacto visual a Mayra le pareció que la joven había perdido todo el color del rostro. La puerta se cerró de un azote.
-Quédate aquí, ya vuelvo- Ordenó Ethan acomodando la desordenada camisa y limpiando el color rosa que le había quedado en la boca y el mentón.
-Pero…- Mayra vaciló, no entendía como eso podía estar sucediendo, cómo odiaba a esa entrometida chica.
-¡No te muevas!... He dicho que ya vuelvo- y corrió tras ella azotando también la puerta. La impotencia invadía el insatisfecho ser, debía calmarse, no podía ser posible que todo se hubiere venido abajo.

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