sábado, 12 de julio de 2014

Espíritus de Invierno

Buen día blogger, por fin aquí el texto con el que gané el primer lugar en el I concurso de Poesía y Relato corto del Club literario "Vidas de Tinta y Papel"... Espero que les guste, Click Aquí para que vean la entrevista que me hicieron y Aquí para que lean los hermosos textos que han quedado en segundo y tercer puesto de las blogueras Jaz y Blue Butterfly y visiten sus blogs.

Todo lo que veía era una gigantesca capa blanca, el cielo gris, la desolación. El imponente hielo se extendía con fervor y fuerza, se había adueñado de todo cubriendo cada rincón del lago. El árbol se estremecía con el voraz viento helado, toda una caricia. Se deslizó por las raíces congeladas a lo largo del grueso y liso manto blanco hasta que pudo verla, allí estaba ella, pálida y transparente, tan hermosa sentada en las raíces de su árbol. Nunca se cansaba de agradecerle al hielo por deshacer la distancia entre ellos. Caminó una vez más sobre el lago congelado hasta encontrarle, casi flotaba. Los espíritus se rozaron, tocándose y amándose, danzando como vapor ligero. Un crujido se escuchó… No, no aún, era muy pronto, no era posible, sin si quiera darse cuenta el invierno había acabado, el tiempo se había evaporado tan efímero como los dos cuerpos de humo que se contoneaban alegremente.
Mientras el hielo cedía, la nieve se derretía y el calor ahogaba el gélido ambiente, dos brillantes telas blancas se separaron con lentitud y volvieron, cada una, a las raíces de sus árboles, uno a cada extremo del lago.
Volvió opaco y triste, subió por la raíz, se acomodó en el tronco y se estiró por las ramas… La observaba, ¿Cuándo volvería a verla? ¿A tocarla? ¿A danzar junto a ella?
El sol se asomó por primera vez y le quemó las entrañas, lloró. Los animales despertaron, las aves cantaron, los espíritus del bosque salieron de sus escondites y celebraron la llegada de la primavera. ¡Bestias! ¿Cómo podían ser tan insensibles? Es que nadie se daba cuenta del dolor que sentía. Mientras todos festejaban, corrían, jugaban y se amaban, para él la primavera no era más que el fin, la despedida, el adiós. Miró el reluciente lago, tan transparente reflejando el sol y las nubes blancas mientras los animales despreocupados calmaban su sed en la orilla. Y pensar que el hielo que lo cubría era su único puente para estar con ella; para él, el tiempo era nada, era todo.
Todos celebran la primavera y nadie tiene en cuenta que los espíritus del invierno también aman, también sufren.
Se estiró, hizo un esfuerzo por mirarla, hacerle una señal y decirle que estaría allí para ella siempre, pero no podía liberarse del árbol, no sin el hielo, sin la nieve, sin el frío, sin el invierno. "¡Ya sé!” pensó, hizo un esfuerzo más y se lanzó por una de las ramas, luego otra y una más. Tres pequeñas florecillas, tan blancas como su amada nieve iluminaron el árbol. Se volvió a acomodar, dio un par de vueltas, la observó una vez más, su árbol, el árbol al otro lado del lago estaba cubierto ahora de hermosas flores. Se llenó de regocijo, ella había recibido su señal y se la devolvía, ella estaría allí para él, esperándolo. Se acurrucó y descansó lleno de satisfacción, esta estación en verdad  lo agotaba.
Y allí quedaron, dos espíritus de invierno que se amaban, separados por un lago, esperando pacientes en aquellos dos árboles a las orillas, a que acabe la primavera, que pase el verano y que anuncie el otoño que por fin ha llegado el invierno. Esperando pacientes a que el agua se congele y poder caminar sobre el hielo y volver a verse, volver a amarse. Esperando pacientes cada año. De cuando en vez se escuchan sus llantos, sus cantos y sus intentos por calmarse mutuamente, su intento por decirle a ella “ya casi, ya pronto será invierno de nuevo” porque el amor debe ser como el invierno, tan fuerte y transparente como el hielo, tan puro y blanco como la nieve.

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