martes, 26 de noviembre de 2013

La Primera Vez Que Te Amé


La helada brisa, las nubes grises, las personas cerrando puertas y ventanas de sus casas, demás preámbulos de que el cielo estaba a horas, quizá minutos de caer bajo sus hombros. Mildred no dejaba de preguntarse qué hacía en la calle con aquel clima, Sandy tenía un poder de convencimiento sobrehumano. Se había quedado sola en casa aquel fin de semana y solo por un día quería algo de compañía. “¡Ahí está!, su punto débil… Ella no sabe cómo estar sola” pensó Mildred. Su amiga era, o se hacía mostrar como alguna especie de ser invencible que no tenía debilidad alguna, pero obviamente no era así.
Aquellos vagos pensamientos eran solo una excusa para no estar tan nerviosa de volver a ver a Felipe –Todos los demás ya estaban en casa de Sandy, según le dijo en tono muy alegre por teléfono-  después de lo que pasó aquella tarde a la salida del campus no había si quiera considerado cómo mirarle a los ojos. No sabía qué era más complicado, si la situación entre los dos después de aquel beso o la situación entre los dos después de haber huido como una tonta preadolescente, al menos esta vez era consciente de que lo que había hecho era realmente inmaduro y no podía seguir así, debía ser un poco más… Como Sandy, sí, como ella.
“Tal vez ya no es mi amigo, no puedo verle más así y todo se reduce a que me gusta. Soy adulta, no debería ser tan difícil admitir algo tan normal, esas cosas pasan. El problema es que es Felipe, con él nunca sé cuándo está jugando o cuándo está hablando en serio, no quisiera cometer más errores amorosos, he sufrido antes por…” sus pensamientos se interrumpieron, ya había llegado a la casa de su amiga. Entendió perfectamente  aquella frase que decía que la vida se hace larga para caer en problemas y se hace corta para hallar soluciones.
-Entra Mily, ya pensábamos que no vendrías, o que te atraparía la lluvia por el camino- Dijo Sandy tras abrir la puerta, señaló el camino y en el sofá de la sala estaban Esteban y Felipe, que la saludaron desde allí, el primero con entusiasmo, el segundo otro con evidente timidez- Jean está cocinando, ya sabes cómo es- dijo cerrando la puerta, Mildred ya conocía el camino, el lugar era pequeño pero elegante. Se dirigió a la cocina sin dudar, en la sala no se quedaría.
-No es mi culpa que tu casa esté saturada de basura empacada- Dijo Jean sin anticipar que Sandy solo respondería sacando otro paquete de golosinas de la alacena y abriéndolo con una mueca desafiante -Mildred, ¿No te tomó la lluvia por sorpresa?- Agregó preocupado
-No, solo viento, está helado allí afuera. Creo que tuve mucha suerte- contestó. Jean siempre hablaba con algo de formalidad y era un excelente cocinero, todos lo sabían. Ya se había adueñado de la cocina y se balanceaba con destreza batiendo una especie de salsa.
 -Vaya, eso huele bien.- El estómago de Mildred rugía con entusiasmo.
-De haber sabido que hoy era día de algún partido de beisbol, no los habría invitado- Dijo Sandy, siempre tan directa, pero los chicos no la escucharon, estaban pegados al televisor de la sala –Hombres…- expresó con fastidio mientras embutía más golosinas.
Los tres charlaban a gusto en la cocina cuando Felipe irrumpió de la nada –Tu plato es una tortura lenta, no quiero apurarte pero… ¡Apúrate!- Comentó mirando a Jean de reojo mientras abría el refrigerador y tomaba dos latas más de cerveza, apenas y para indicar que se estaba dirigiendo a él-
-Sí, bueno yo tengo cheetos- Agregó Sandy meneando otro paquete enorme de su alacena.
-Gracias primor, pero puedes guardarlos para tu afortunado esposo- Jean soltó un risita presumida y Sandy hizo otra mueca.
Felipe cerró el refrigerador y lanzó una última mirada a Mildred, no tan fija como para que los demás se percataran pero sí lo suficientemente aguda como para alterarle. “Eso lo vi, me miró, definitivamente me miró” pensó tensándose al instante, “Me odia, definitivamente me odia”.
-¿Saben qué es raro?- Dijo Sandy inesperadamente –Que Felipe aún no tenga una chica, desde que le conozco solo ha salido con un par de chicas, pero nada de verdad como Esteban y tú, si me explico- Jean analizaba meneando levemente el rostro, parecía apenas haber caído en cuenta de aquello, y no era extraño, Mildred también tenía el mismo pensamiento pero no pudo reflexionar con tranquilidad, la mirada de Sandy se clavó en ella como observando la más mínima reacción. De repente sintió que aquel comentario se lo estaba haciendo exclusivamente a ella. –Eso es muy raro, ¿Verdad Mily?- de nuevo aquella mirada –Quiero decir es siempre tan gracioso y míralo, es guapísimo-
-Es mi impresión ¿o tu letal ojo de halcón acaba de posarse en uno de tus mejores amigos?- Murmuró Jean con malicia. Ojo de halcón, no usaban aquella expresión desde segundo año cuando Sandy clavó ese ojo en un chico de tercer año de Biología y este resultó ser gay –Sabes que eso siempre trae problemas-
-Pues demándame por ser una chica, es inevitable y a todas estas, ¡Severa tontería! ¿Quién dice que de una buena amistad no puede resultar un buen romance? ¿Tú qué dices Mily?- Aquello fue una ráfaga helada atravesando su cerebro, no tenía idea de qué responder. Estaba temerosa, tal vez iracunda, nerviosa, confusa… Ni siquiera podía describirlo, pero la actitud de su amiga en aquel momento le provocaba nauseas.
-¿Saben? Olvidé algo en casa, vuelvo en un rato- Salió de su boca sin pensar, solo sabía que en ese lugar ya no se sentía cómoda y tiró la puerta tras suyo.
Las primeras gotas golpearon su rostro con frialdad, esta vez no contaría con la misma suerte, la lluvia la tomaría a mitad de camino y mientras hacía un cálculo de los días en cama por el resfriado que tendría pensaba en lo mal que se sentía la lluvia fría sin él para cubrirla y protegerle, con su sonrisa cálida cómo las últimas veces… ¡Pero qué tonterías pensaba! “el comentario de Sandy… Recuerda, estás enojada” se dijo.



-¡Mily!
-¡Oh mierda! ¿Ahora qué?- Volteó fastidiada
-¡Cielo! Nunca te había escuchado palabrotas-sonrió. Ahí estaba su sonrisa serena de nuevo, pero no la sostuvo por mucho, Felipe respiraba con dificultad. –Lo siento- dijo a secas, su expresión cambió súbitamente –Sé que no debí decirle a Sandy ella tiene una enorme boca, pero es que ¡Rayos! No sabía qué hacer y… -
-Aguarda- Interrumpió - ¿tú le dijiste?, claro eso lo explica- Lo primero que pensó fue que Sandy debió sentirse realmente herida de no haberse enterado por su propia mejor amiga-
-Lo siento, no sé qué te habrá dicho para que salieras así, pero yo necesitaba un consejo tal vez no debí…-
-No debiste, claro que no, eres un…-
-¡Vaya! Tranquila, no sabía que querías reservar esa información para decírsela tú, debiste querer hablar de mí en alguna de sus noches de chicas- sonrió, pero a Mildred ya no le agradaba más.
-Eres gracioso- Dijo con frialdad – Todo siempre es un chiste para ti, que… fastidio- Se tomaba la cabeza como si le acabaran de dar un golpe.
Felipe la sujetó y la atrajo hacia él pero ella lo empujó. Dio un paso hacia atrás y resbaló, estaba sentado en un charco de agua y ella lo había rechazado una vez más.


Su teléfono no paraba de sonar y en últimas se rindió, se quitó la almohada de la cara, había permanecido en esa posición todo el día -¿Bueno?
-¡Y finalmente te dignas a contestar el jodido teléfono!-
-Hola Sandy, también es un gusto escucharte- dijo Mildred con ironía, reconocía la voz de su amiga a kilómetros
-¡Eres detestablemente desconsiderada, haces el papel de la dulce del grupo pero creo que tu timidez es solo una forma de ser cordialmente cruel-
-¡¿Pero de que hablas?!
-Felipe está internado en la clínica desde la madrugada, su infección respiratoria empeoró anoche, después de cierto percance ayer por la tarde- entonó lo suficiente como para que Mildred lo entendiera, el teléfono temblaba en su mano y balbuceó algo imposible de entender, se había quedado sin palabras -¿Quieres dejar de actuar ya como una niñita inmadura? Huyendo y empujando personas a charcos para evadir la realidad, cielos sí que eres tarada- el don de decir las palabras directas y precisas, todo lo que ella no pudo tener pero su amiga sí, y de sobra. El sentimiento de culpa, de que el ser amado sufre por tu culpa, ese debe ser el peor sentimiento del mundo.

Abrió la puerta titubeante e insegura, había practicado en el camino un sin número de veces qué haría, qué diría, todo para encontrarse con él ahí tendido, con una sonda respiratoria, pálido pero con su sonrisa intacta y caer en lágrimas en cuestión de segundos.
-Lo siento tanto- sollozó y corrió a la camilla, se arrodilló a un costado y apretó la sábana. Felipe tomó su mano –Yo no sé cómo afrontar las cosas a veces, no sé cómo decirlas yo… -
-No es tu culpa, y debes saber que ya estaré bien, comenzaré un nuevo tratamiento, no puedo hablar mucho- su voz era débil- así que lo resumiré: En un par de meses estaré del todo bien y podré perseguirte no importa cuántas veces huyas sin, ya sabes, morir de asma en el camino-
-Huyo cuando estoy nerviosa, pero ya no lo haré más- dijo Mildred secando sus lágrimas, el susto había pasado.
-Y yo hago chistes tontos cuando estoy nervioso, pero tampoco lo haré más- Ella le sonrió -¿Es un empate?


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