miércoles, 17 de julio de 2013

La Primera Vez Que Te Vi


Parte 1 
El invierno no se hizo preámbulo alguno aquel año, la lluvia comenzó a caer de la nada en un día que había sido gris desde el comienzo. Mildred acababa de salir de clases y miró angustiada el tormentoso paisaje, caían lagunas del cielo junto a uno que otro trueno. Ella no se había preparado para esa temporada aún, muy a pesar de que siempre lo hacía, no traía un paraguas, su atuendo era pobremente abrigado y sus sandalias dejaban sus pies un tanto descubiertos. Se moría de frío y el camino hacia la parada de autobús era cruzando un estacionamiento al final del campus. Tomó su mochila y corrió a lo largo de un pequeño sendero que rodeaba los muros de la facultad y a cuyo borde habían acumulados enormes charcos de agua a los que Mildred evitaba torpe y desesperadamente caer.
Ya había recorrido medio estacionamiento pero se encontró en un punto en el que le era imposible llegar hasta su destino sin hundir sus desprotegidos pies en un enorme charco de agua. Estaba empapada y trataba solo de proteger su mochila del agua para evitar arruinar sus apuntes, aunque ya estaba convencida de que tenía un buen resfriado asegurado.
-¡Mily! ¡¡Mily, por acá!!- Escuchó a lo lejos. Después de su madre, solo sus amigos cercanos la llamaban así, y no era difícil de saber, su círculo social se reducía a sus tres amigos: Jean, un poco tímido pero amistoso e incondicional; Esteban, tan carismático y galán, con una facilidad para dirigirse a las personas impresionante, definitivamente una especie de líder en el grupo y Felipe, que era el gracioso del grupo, siempre capaz de sacarte una sonrisa sin importar qué. Sus grandes amigos con personalidades tan peculiares y obviamente su mejor amiga Sandy, hermosa, divertida, espontánea y gran consejera. Un grupo pequeño pero inseparable desde el primer año de facultad.
Mildred buscó con los ojos empapados el llamado, era Felipe, utilizando su misma estrategia de caminar por el bordillo junto a la pared para no meter los pies en el pequeño océano que se formaba en el estacionamiento.
-¿Mily, qué haces?, camina pronto, que nos vamos a empapar- Dijo Felipe, aunque Mildred ya no le quedaba un cabello o hilo de la ropa seco.
-En realidad tengo que cruzar hasta allá- dijo señalando al otro lado del agua la salida a la parada de autobuses.-
-¡¡Estás loca!!- dijo a carcajadas- saldrás con enormes bloques de barro en vez de pies y te puedes caer. Mira, sigamos el bordillo, más adelante le da vuelta completa al estacionamiento, y aunque es más lejos, es mucho más seguro pasar al otro lado así- Mildred se sintió aliviada, ya no tendría que nadar hasta el autobús.
Caminaron unos minutos hasta que se podía ver como daban la vuelta completa al estacionamiento, siempre pegados a la pared. En sus tres años de facultad, a Mildred nunca le había tocado un aula tan alejada y por eso conocía poco la zona de más allá de esa salida la parada de autobuses.
-Te debo advertir que en esta parte el bordillo se hace angosto y tienes que caminar a medio lado con mucho cuidado de caerte, saltamos al otro sendero y listo. ¡Ah! Y no te preocupes, es solo un pequeño saltillo, no están muy separados así que no tendrás que hacer acrobacias- Dijo Felipe sonriendo, Mildred se sintió más calmada y de algún modo protegida, le preocupaba enfermarse en esa época tan cerca de exámenes, pero él le brindaba una sensación de tranquilidad. “Bueno, supongo que eso es lo que sientes cuando sabes que cuentas con un buen amigo” pensó.
-De verdad que hago todo esto por necesidad, si de mí dependiera, me bañaría a brazos abiertos con la lluvia, es hermosa- Mildred lo miró en una muestra de interrogación, su comentario le resultó extraño –Ya sabes, por lo de mi problema en los pulmones- Ella recordó que Felipe se sometía constantemente a tratamientos por alguna especie de insuficiencia respiratoria de la que sufría desde muy joven, pero él nunca hablaba de eso, siempre era tan gracioso, alegre, todo lo contrario a alguien con un padecimiento, él siempre estaba buscando el lado bueno de todo. –Realmente no solo eres inteligente sino también muy… Fuerte- Le dijo al recordar que adicionalmente a todo eso, las notas de Felipe eran impecables.
Felipe sonrió mirándola fijamente, como si nunca antes una chica lo hubiese adulado, casi se puede decir que era una de esas “risitas nerviosas” cuando no sabes cómo reaccionar. Mildred no pudo evitar agachar la mirada, aquello era algo que se le había salido de la boca casi que por sí solo, como un pensamiento en voz alta, pero no dejaba de ser verdad, Felipe se escondía detrás de sus chistes y su risa pero a lo mejor  ella nunca lo conoció bien. No podía evitar darse cuenta que de sus cuatro amigos él era el menos cercano a ella. Se hacía llamar su amiga y no sabía a profundidad de su vida tan difícil, eso la hizo sentir culpable.
Un río a un par de centímetros de su pie la sacó de golpe de sus pensamientos, el sendero se hizo angosto en un abrir y cerrar de ojos y aunque Felipe estaba recostado a la pared ella estaba casi encima de él. Mildred dio un inesperado paso en falso y su pie derecho se resbaló, sujetó el brazo derecho de Felipe, lo primero que encontró y en una rápida maniobra, él la haló fuertemente atrayéndola a su pecho y evitando así que callera en el agua.
Estaban allí juntos casi abrazados, empapados, frente a frente mirándose fijamente con los rostros apenas a un par de centímetros del otro. El corazón de Mildred latía a mil por hora, el susto no le permitía percatarse de que aún sujetaba a Felipe con fuerza, como si continuara cayendo. Notó su cabello castaño claro que le cubría la frente, sus brazos fuertes y unas gotas de lluvia que se deslizaban por las pestañas que cubrían sus ojos cafés, profundos y algo cansados ojos cafés. Mildred nunca había tenido a su amigo tan cerca, al menos nunca lo había reparado de ese modo. Y es que eso era lo que hacía, anotaba mentalmente cada agraciado detalle “¿Estaré loca?... Es como si hubiese estado junto a mí todo este tiempo, pero yo nunca lo vi”. De hecho ella nunca había notado que los ojos de su amigo eran de aquel color. Estaba sorprendida de él, de lo mucho que era más allá de lo poco que sabía, y más aún estaba sorprendida de sí misma, siempre se consideró observadora y detallista. Ella respiraba y lo hacía con dificultad.
Felipe la acercó aún más, sin tocar su rostro, apenas rosando su mejilla con su cálido aliento y cuando el corazón de Mildred casi se le salía del pecho…
-Mily, si lo que querías era besarme, no tenías que dramatizar una caída, yo te besaría encantado-
-¡¿Qué?!- gritó Mildred alterada, se soltó de él y dio un paso adelante, continuó caminando cuidadosamente por el ahora realmente estrecho borde
-¿Qué te pasa? Es como si nunca me hubieses escuchado bromear, tontita- Dijo en risas, su rostro ya no tenía esa sonrisa cálida y encantadora, sino una risa maliciosa que la reparaba de pies a cabeza.
-Nada, solo que eres un completo tarado- le dijo sin mirarlo a los ojos, hasta el punto en que saltó al otro bordillo sin pensarlo dos veces. Felipe reía sin parar a sus espaldas.
Llegaron a la parada de autobuses y la ruta de Mildred no demoró en llegar a interrumpir el incómodo silencio que aquel inesperado suceso había dejado entre ellos. Ella se despidió de él casi sin mirarlo y subió rápidamente.
-¡Chao Mily! ¡No te enfermes!- Dijo sin parar de sonreír.
Mildred se sentó junta a la ventana y clavó los ojos perdidamente en el caer de la lluvia. Él era un bromista de primera, pero jamás lo había hecho en ese tono tan íntimo. Un ligero aire de enojo la rodeó, pero se desvaneció con la belleza de la lluvia en la ventana. A tal punto que le sacó una inesperada sonrisa. “Que hermosa es la lluvia, me hizo ver cosas que nunca había visto” pensó.


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